Era un día frío en la ciudad de Bogotá. El canal del clima
había anunciado lluvias en las horas de la mañana y posibles granizadas en
horas de la tarde; esto, tenía una relación en la mente de Thomas Benedetto que
lo hacía recordar siempre a su padre. La razón era simple: su padre siempre le
recordaba que cuando muriera, esperara al granizo. Que mediante este fenómeno
se daría una conexión especial entre los muertos y sus seres más allegados.
Thomas nunca le creyó, pero respetaba tanto a su padre que siempre asentía
levemente y guardaba silencio; para él, cuando alguien dejaba éste mundo, lo
hacía sin pasaje de retorno alguno.
Ese día Thomas se levantó de su cama presuroso pues tenía
una reunión con sus jefes en la planta de producción de pan en la que trabajaba.
Era el encargado de la supervisión de la producción de panes destinados a ser
convertidos en el acompañante de la carne, la lechuga, el tomate, el queso y
los demás aditamentos culinarios que se le agregan a una hamburguesa. Su
posición en la empresa la había obtenido con esfuerzo, ya que Thomas
escasamente había terminado su bachillerato y había cursado estudios superiores
pero, para empezar, no tenían relación con las plantas de producción de ninguna
cosa que se hiciera en su ciudad y me atrevería a decir en el mundo y, por otro
lado no había culminado ninguno de ellos. Esto lo hacía ver como un pez raro en
el mar de profesionales de la planta de pan pero, debido a que era muy
laborioso, siempre estaba presto a aportar nuevas ideas y desde que asumió la
posición de supervisor las cosas no podrían salir mejoren la empresa para la
que laboraba.
Así pues, antes de salir directo hacia done lo esperaban
sus jefes (muy puntuales ellos, debido a que eran hombres ocupados con más
negocios en marcha en la realidad tanto como en sus cabezas), recibió una
llamada de su padre lo cual era usual y a lo que Thomas esperó fuese una
llamada para desearle buena suerte, ya que su padre sabía de la reunión con sus
jefes.
— Hola hijo—saludó su padre. —Sé que vas a tener un día
atareado, pero sólo recuerda que debes mantener la calma, respira profundo y
exhala lentamente—e hizo el ejercicio de respiración él mismo, que se escuchó
copioso por el teléfono—, tus jefes han demostrado valorar lo bien que has
trabajado y no creo que en esta reunión salgas mal librado.
— Gracias pa’—dijo cariñosamente Thomas mirando su reloj de
pulso--. Espero que no sea una de esas reuniones en las que me deleguen
acciones penosas como las de la otra vez, ¿te acuerdas? Cuando me hicieron
despedir a tanta gente de manera injusta—suspiró—.
— Hijo, yo ya te lo había dicho, con el poder que se vaya
alcanzando en la vida se tienen que tomar decisiones de acuerdo al nivel del
mismo que uno posea—dijo en tono sapiente el padre—, y, a veces esas decisiones
pueden estar influenciadas por otras personas o, como en tu caso, impuestas.
— Lo sé pa’, gracias por la llamada viejito—pronuncio en
tono sutil y cariñoso--. Por ahora te
tengo que dejar o se me hace tarde, me saludas a mi madre.
— No hay problema hijo—pronunció comprensivo—. Yo le daré
muchos abrazos de tu parte; cuídate del granizo, ya viste cómo te dejó
resquebrajado el panorámico la otra vez—y colgó—.
Thomas salió a prisa de su apartamento y comprobó que los
del canal del clima habían acertado esta vez (cosa rara; no por la ineficiencia
de los pronósticos sino porque el clima es tan impredecible…) y sintió una pequeña brisa que llevaba consigo
un toque de agua supremamente helada. Subió a su auto y emprendió camino hacia
su trabajo. Su conversación matutina había hecho que se retrasara un poco pero
por ser horas tan tempranas de la mañana no había el tráfico que sí podría
haber si se hubiera demorado tan sólo diez minutos más al teléfono.
A pesar del nerviosismo que lo invadía por llegar tarde, su
pericia al volante era excepcional y decidió acelerar más de lo normal para
pasar por precavido y anticipar a sus jefes y así dar una buena impresión. Lo
logró y encontró tan solo un panorama desértico disminuido un tanto por la
presencia de los guardias de seguridad del gran complejo de bodegas y de
algunos operarios que por su importancia en el inicio de labores de la planta,
debían estar allí antes que el común de los otros. Thomas conocía de antemano
los vehículos en los que se movilizaban sus jefes y no vio ninguno estacionado
en el espacio destinado para los altos mandos de la planta. Así que supo con certeza
que había acelerado mucho su medio de transporte y que tenía unos minutos más,
ya fuera bien para pensar en los detalles de la reunión o para distanciarse de
la realidad y liberarse de la presión que, poca o mucha, le pesaba un tanto
sobre sus hombros.
Cuando ya empezaba a relajarse hasta quedar dormido, su
celular sonó, pero diferente a como lo esperaba no era su padre para darle unos
últimos consejitos; era su hermana Jane, lo cual se le hizo extraño, no porque
no se quisieran lo suficiente como para no hablar con frecuencia, sino porque
ella vivía en Londres y para todo efecto, era atípico que ella lo estuviera
llamando a esas horas, que por la diferencia de zona horaria serían de trabajo
para ella, y vaya que tenía un trabajo que le ocupaba la mayoría de su tiempo.
— ¡Despierta! – Le gritó su hermana—. No seas perezoso y
levántate.
Thomas se sorprendió de que su hermana hubiese adivinado su leve dormitar y le inquirió:
—Hermanita ¿es que ahora eres adivina? ¿Cómo supiste que estaba durmiendo?—le dijo Thomas un tanto inquieto--.
— Jajaja, despistado—dijo socarronamente—, yo sé que eres malo para madrugar y te quería sorprender, sólo es eso. ¿Adivina? No me vas a decir que crees en eso, tú el ateo de la familia, la oveja negra de los Benedetto.
— Tú siempre tan graciosa—y le soltó una risa sarcástica—, más bien cuéntame, ¿cómo anda todo por allá?
— Lo mismo de siempre un frío cansonsísimo, pero al mal tiempo buena cara—dijo resignada—.
— Y todavía sigues con éste tipo, ¿Andrew es que se llama?
— Nooo hermanito, con él ya ni el saludo. Terminamos muy mal, resulto ser un obsesivo de mierda—dijo con desahogo y rabia—ni bien llevábamos un mes de relación ya me celaba con medio staff de mi trabajo y creería yo que con todo Londres.
— Uff qué mal—dijo ya perdiendo el interés y mirando su reloj de pulso—. Hermanita acaba de llegar mi jefe tengo que acomodar bien el carro, te tengo que dejar.
— ¡Ingrato! Hace tiempos que no hablábamos y me cortas de esta manera—dijo tiernamente--.
— Lo siento Jane, tengo una reunión con mis jefes te tengo que dejar, chao, chao.
Thomas se sorprendió de que su hermana hubiese adivinado su leve dormitar y le inquirió:
—Hermanita ¿es que ahora eres adivina? ¿Cómo supiste que estaba durmiendo?—le dijo Thomas un tanto inquieto--.
— Jajaja, despistado—dijo socarronamente—, yo sé que eres malo para madrugar y te quería sorprender, sólo es eso. ¿Adivina? No me vas a decir que crees en eso, tú el ateo de la familia, la oveja negra de los Benedetto.
— Tú siempre tan graciosa—y le soltó una risa sarcástica—, más bien cuéntame, ¿cómo anda todo por allá?
— Lo mismo de siempre un frío cansonsísimo, pero al mal tiempo buena cara—dijo resignada—.
— Y todavía sigues con éste tipo, ¿Andrew es que se llama?
— Nooo hermanito, con él ya ni el saludo. Terminamos muy mal, resulto ser un obsesivo de mierda—dijo con desahogo y rabia—ni bien llevábamos un mes de relación ya me celaba con medio staff de mi trabajo y creería yo que con todo Londres.
— Uff qué mal—dijo ya perdiendo el interés y mirando su reloj de pulso—. Hermanita acaba de llegar mi jefe tengo que acomodar bien el carro, te tengo que dejar.
— ¡Ingrato! Hace tiempos que no hablábamos y me cortas de esta manera—dijo tiernamente--.
— Lo siento Jane, tengo una reunión con mis jefes te tengo que dejar, chao, chao.
Luego de haber colgado procedió a mover su vehículo que
impedía que sus jefes parqueasen en sus respectivos lugares. Uno de ellos tocó
la bocina intempestivamente mientras Thomas terminaba su llamada mientras al
unísono le gritaba: “¡Benedetto, despierte!”
La reunión comenzó y todos estaban un poco estresados, cosa
que Thomas atribuyó a un posible trancón ya que sus jefes, pese a su habitual
puntualidad, habían llegado tarde a su reunión. Se habló sobre los sobrecostos
de la producción del pan, de un nuevo socio que tenía insumos más baratos que
hacían que la empresa tuviera un mayor beneficio por cada tonelada de pan que
vendiera, números grandes, incluso los jefes estiraban el pico formando un
círculo cada vez que se hablaba de cifras. En fin, lo que querían darle a
entender a Thomas es que ya esto no sería un juego de niños, que las cosas se
ponían más serias y que tenía que estar a la altura de sus nuevas
responsabilidades con el nuevo proveedor (un chino, o eso creyó escuchar),
tenía que trabajar como nunca para que las cosas fueran in crescendo. La reunión
se demoró hasta un par de horas más allá del medio día y la tarde se dejaba ver
gris y el pronóstico del canal del clima parecía estar acertado.
Poco a poco empezó a lloviznar levemente, pero en una
transición increíblemente rápida entre gotitas de agua y tormenta, comenzó a
granizar. Thomas tomó una sombrilla y se subió rápidamente a su auto y
emprendió camino a casa. Mientras manejaba su teléfono sonó: era su padre.
— Hola Thomas—saludó un tono de voz triste--. ¿Recuerdas lo
que siempre te he dicho del granizo?
— Sí pa’, pero tú sabes que yo no creo en esas cosas—le dijo Thomas con la intención de no herir susceptibilidades—.
—Pues ha pasado.
—Ha pasado qué—pronunció nervioso e incrédulo.
—Esto me lo enseñaron mis padres y a ellos mis abuelos y así hasta remontarnos al origen de los Benedetto.
— ¿Entonces me quieres decir que estás muerto?—dijo con ironía—.
— No hijo, tú lo estás. Hasta ahora lo estás asimilando. Tu hermana también lo está, le dio un paro cardíaco al enterarse de tu muerte esta mañana. Al parecer aceleraste demasiado y tuviste un grave accidente.
— ¿Entonces era cierto lo del granizo?—dijo con resignación—.
—Sí, siempre que granice podremos comunicarnos. Pero por ahora creo que ya está cesando la tormenta te amo mu…. Hijo. Tu madr… te mand… salud…
— Sí pa’, pero tú sabes que yo no creo en esas cosas—le dijo Thomas con la intención de no herir susceptibilidades—.
—Pues ha pasado.
—Ha pasado qué—pronunció nervioso e incrédulo.
—Esto me lo enseñaron mis padres y a ellos mis abuelos y así hasta remontarnos al origen de los Benedetto.
— ¿Entonces me quieres decir que estás muerto?—dijo con ironía—.
— No hijo, tú lo estás. Hasta ahora lo estás asimilando. Tu hermana también lo está, le dio un paro cardíaco al enterarse de tu muerte esta mañana. Al parecer aceleraste demasiado y tuviste un grave accidente.
— ¿Entonces era cierto lo del granizo?—dijo con resignación—.
—Sí, siempre que granice podremos comunicarnos. Pero por ahora creo que ya está cesando la tormenta te amo mu…. Hijo. Tu madr… te mand… salud…
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