He estado indagando en cuanto a movimientos
estudiantiles de alto renombre pero de una especie que paradójicamente no se
sabe mucho; desde hace rato que quiero pertenecer a uno, revindicar los
derechos que me confiere la constitución y poner en tela de juicio y, por qué
no, desenmascarar a tanto corrupto que se ha infiltrado—es el colmo—en mi tan
amada universidad.
Yo de guerras violentas sé un tanto, lo difícil es
recrearlas y hacerlas efectivas; pues bueno, eso es lo que quiero hacer en mi
universidad pero con una violencia tal, que no desplome a ninguno de sus
combatientes, quiero que esa violencia se represente en el hecho de “sabes que
es malo, no lo vuelvas a hacer”; quiero que sea recordada esta acción que
pienso llevar a cabo, solo, hasta el momento, como un punto de partida, como el
big-bang de los movimientos estudiantiles.
Para empezar necesito reclutar gente, cosa que de por
sí, con todos los medios de comunicación de los que disponemos, parecería una
tarea fácil; pero para movilizar a las masas hay que tener un motivo que los
toque, que les llegue hasta lo más profundo de su mentes y los haga reaccionar:
he ahí el quid del asunto. He pensado en inventarme algo, no necesariamente
tiene que estar basado en un argumento real y por lo tanto verídico, después de
todo este fin justifica ese medio. Qué sé yo, podría decirles que piensan
acabar con el programa de almuerzos a bajo costo y que en vez de los ya pocos
nutritivos ingredientes del susodicho, van a agregar mezclas de alimentos para
personas de escasos recursos. Esto tocaría el corazón de los que siempre
defienden al desventurado y en mi universidad sí que hay muchos.
He pensado también en crear un nombre que a su vez le
dé significado al atuendo que se usaría mientras realizamos nuestros actos
públicos, nos llamaríamos los ladrones de cuello blanco, e iríamos por ahí con
camisas de rayas horizontales blancas y negras adornadas en su parte superior
con un cuello de camisa blanca de esas que se usan con los trajes.
Pero eso sólo son nimiedades, dentro de poco tendré
un poco más de acción: Conocí a una chica que estudia derecho y ella está
involucrada con un grupo radical de izquierda—o eso dice—y ellos no se andan
con pendejadas, son los primeros en la línea de fuego cuando la policía destruye
a bolillazos sus marchas; y no se defienden con más bolillo: utilizan
explosivos artesanales y se cubren el cuerpo entero de tal manera que ni los tennis se pueden identificar. Pero
claro, como afirmé yo no quiero un solo hombre herido en esta revolución que
pienso iniciar.
Han pasado varios días y ya que he trabado amistad
con la chica de derecho, ella me mantiene al tanto de las presentaciones (por
así llamarlas) públicas de los integrantes del grupo radical de izquierda. Se
habla de una posible infiltración de miembros de grupos de extrema derecha que
son repudiados no solo por los radicales de izquierda, sino por el grueso de la
población universitaria. Uno de sus miembros, que antes de empezar a arengar en
contra de lo que le molesta del establecimiento, lanza un explosivo con
vehemencia hacia el suelo, el ruido no se hace esperar y un rastro de humo
cubre al desconocido encapuchado, cual truco mágico de desaparición, para luego
reaparecer y empezar con las declaraciones:
— ¡Compañeros! Se vive una crisis en la universidad y
por cuenta de muy buenas fuentes, nos hemos enterado de un intento de sabotaje
al proyecto por el cual nos hemos esmerado tanto y por el que hemos dado todo
nuestro empeño y vigor.
—Buuu—gritaban emocionados los de primer año.
—Es cierto compañeros, la derecha neoliberal, que
siempre ha tratado de hacernos trastabillar y malogra nuestro sueño de un Estado
que sirva al pueblo, ha infiltrado agentes del gobierno en las universidades;
agentes que toman fotos y hacen reconocimiento de los principales motores
humanos que mueven la gran maquinaria de la revolución estudiantil. Esos mismos,
portadores de las armas que atacan contra el pueblo que los sustenta, son los
que quieren que desfallezcamos en nuestro derecho de hacer este un país más
digno y más igualitario.
Debo decir que al oír hablar a este hombre durante
media hora, me dieron ganas de meterme al grupo de extrema izquierda y tomar
acciones más contundentes contra ese gobierno corrupto y opresor que el
encapuchado describía. Mientras pensaba esto el hombre terminó su exposición y
volvió a lanzar un explosivo de alta sonoridad como el previo al inicio de su
intervención y se retiró con su séquito de encapuchados. Debo confesar que la
idea del explosivo como atrayente de atención me parecía una excelente técnica,
la cual adoptaría sin lugar a dudas.
Después de varios días decidí poner en marcha mi
plan: hice circular unos panfletos en los que se describía la forma en que iban
a desarticular un plan gubernamental en pro de los más necesitados e insté en
el mismo comunicado a que todos asistiéramos con las camisas de rayas
horizontales blancas y negras y el cuello de camisa blanco, representando así a
la burocracia que siempre intermedia en estos procesos (proceso falso en esta
ocasión) y pacté un lugar con mis lectores para el encuentro.
Para mi sorpresa el día del encuentro asistieron
varias personas—no creí que fueran más de dos, ya saben, por ser la primera “convocatoria”—
algunas con las camisas ya puestas y otras por la falta de información del
escueto panfleto y desconfiadas, la tenían en sus maletas o simplemente en las
manos. Conté 10 personas. Sin demora y al identificarse algunos entre sí por la
vestimenta, empezaron a preguntar por mí. Di la cara y expliqué que lo de los
almuerzos era una realidad venidera y muy próxima y que necesitaba su ayuda
urgente para evitar que la “nefasta” operación se llevara a cabo. De inmediato
los que no tenían sus camisas a rayas puestas las usaron y tenía a mi pequeño ejército
reunido por primera vez, la pregunta era: ¿y ahora qué?
Se sabía a ciencia cierta que el rector era un hombre
ocupadísimo y que para toda protesta que se diera en la universidad y si se
quería llegar al máximo dirigente del claustro con una especie de petición, se
debía pasar por un conducto regular exhaustivo y merecedor del galardón al
impedimento contestatario, por lo que lo primero que se me ocurrió fue eso:
intentar de acceder a él directamente teniendo la plena seguridad de que no se podría tal cosa en tan poco
término.
Estaba en lo correcto. Dadas las violentas protestas acaecidas unos pocos meses
antes, el esquema de seguridad con el que contaba el rector era estricto y
eficaz y sin mediar palabra y, creo yo, al ver tanta gente (en una oficina once
personas son muchas) cuatro hombres de notable estatura y espaldas anchas
arremetieron contra nosotros.
A pesar de nosotros ser mayoría, nos ganaron en técnica
de maniobrabilidad del cuerpo en situaciones de riesgo y nos echaron a
empellones de tan solo la entrada de la oficina del rector. Mi pequeño ejército
fue vencido, pero como me prometí, ninguna baja humana tuvo que ser
contabilizada. Al terminar todos quedaron ofuscados y con su objetivo malogrado
y reclamaban a un rector no presente en físico pero sí con forma de puerta de oficina atiborrada
de escoltas. La pregunta que todos me hicieron fue “bueno y ahora qué sigue” a
lo que les respondí con un papel y un bolígrafo en mano: “anoten sus números
telefónicos y yo los contacto; nuevo punto de encuentro y nueva táctica para la
próxima, muchachos”. Eso fue tan sólo una improvisación porque no sabía qué
carajos hacer después; sabía que tarde o temprano se iban a enterar de mi falso
argumento.
Al día siguiente, después de una aburrida clase de
matemática básica me reencontré con mi amiga la estudiante de derecho.
—Oye, cómo hacen ese truquito del explosivo que
estalla y bota una humareda. —le dije ansioso.
—Es sencillo—dijo en tono burlón—Química básica.
— ¿Tú lo sabes hacer? —pregunté con decisión.
—Y, ¿para qué quieres aprender eso? No me digas que
les vas a hacer competencia a los de la extrema izquierda—dijo esbozando una
sonrisilla maquiavélica.
—No, no. En absoluto—contesté raudo. —Es para una
obra de teatro que estoy montando.
— ¿Se puede saber el nombre? — Dijo sagaz.
—Aún lo estoy maquinando. Me vas a decir o no. —dije
impaciente.
Al parecer la
chica se creyó el cuento de la obra o me quería iniciar en las costumbres de
los grupos estudiantiles clandestinos, porque me indicó la manera de hacer el
truco químico.
A los pocos días de haber conocido el “secreto” y de
intentarlo una y otra vez repasando con videotutoriales por fin logré construir
el pequeño artefacto. No lo pensé dos veces y antes de probar mi experimento
contacté a mi ejército y los cité esta vez en la biblioteca.
Apenas nos encontramos le entregué a cada uno los
artefactos que construí para que el truco esta vez asustara a los
guardaespaldas; ya ni pensaba en qué le diríamos al rector si este nos
respondiera, me jactaba de dirigir a un pequeño pero combatiente grupo de personas.
Apenas estuvimos cerca los cuatro mismos hombres
corpulentos se abalanzaron sobre nosotros, pero les indiqué a mis muchachos que
tiraran los explosivos. Eso hicieron. De repente un estallido inusual retumbó
en los muros de la rectoría derrumbando la estructura por completo. Había
sangre por todos lados. Lo único que recuerdo ahora es a la chica de derecho
aplaudiendo lentamente y con esa sonrisa del demonio.