miércoles, 12 de noviembre de 2014

No era mi intención




He estado indagando en cuanto a movimientos estudiantiles de alto renombre pero de una especie que paradójicamente no se sabe mucho; desde hace rato que quiero pertenecer a uno, revindicar los derechos que me confiere la constitución y poner en tela de juicio y, por qué no, desenmascarar a tanto corrupto que se ha infiltrado—es el colmo—en mi tan amada universidad.

Yo de guerras violentas sé un tanto, lo difícil es recrearlas y hacerlas efectivas; pues bueno, eso es lo que quiero hacer en mi universidad pero con una violencia tal, que no desplome a ninguno de sus combatientes, quiero que esa violencia se represente en el hecho de “sabes que es malo, no lo vuelvas a hacer”; quiero que sea recordada esta acción que pienso llevar a cabo, solo, hasta el momento, como un punto de partida, como el big-bang de los movimientos estudiantiles.

Para empezar necesito reclutar gente, cosa que de por sí, con todos los medios de comunicación de los que disponemos, parecería una tarea fácil; pero para movilizar a las masas hay que tener un motivo que los toque, que les llegue hasta lo más profundo de su mentes y los haga reaccionar: he ahí el quid del asunto. He pensado en inventarme algo, no necesariamente tiene que estar basado en un argumento real y por lo tanto verídico, después de todo este fin justifica ese medio. Qué sé yo, podría decirles que piensan acabar con el programa de almuerzos a bajo costo y que en vez de los ya pocos nutritivos ingredientes del susodicho, van a agregar mezclas de alimentos para personas de escasos recursos. Esto tocaría el corazón de los que siempre defienden al desventurado y en mi universidad sí que hay muchos.

He pensado también en crear un nombre que a su vez le dé significado al atuendo que se usaría mientras realizamos nuestros actos públicos, nos llamaríamos los ladrones de cuello blanco, e iríamos por ahí con camisas de rayas horizontales blancas y negras adornadas en su parte superior con un cuello de camisa blanca de esas que se usan con los trajes.

Pero eso sólo son nimiedades, dentro de poco tendré un poco más de acción: Conocí a una chica que estudia derecho y ella está involucrada con un grupo radical de izquierda—o eso dice—y ellos no se andan con pendejadas, son los primeros en la línea de fuego cuando la policía destruye a bolillazos sus marchas; y no se defienden con más bolillo: utilizan explosivos artesanales y se cubren el cuerpo entero de tal manera  que ni los tennis se pueden identificar. Pero claro, como afirmé yo no quiero un solo hombre herido en esta revolución que pienso iniciar.

Han pasado varios días y ya que he trabado amistad con la chica de derecho, ella me mantiene al tanto de las presentaciones (por así llamarlas) públicas de los integrantes del grupo radical de izquierda. Se habla de una posible infiltración de miembros de grupos de extrema derecha que son repudiados no solo por los radicales de izquierda, sino por el grueso de la población universitaria. Uno de sus miembros, que antes de empezar a arengar en contra de lo que le molesta del establecimiento, lanza un explosivo con vehemencia hacia el suelo, el ruido no se hace esperar y un rastro de humo cubre al desconocido encapuchado, cual truco mágico de desaparición, para luego reaparecer y empezar con las declaraciones:

— ¡Compañeros! Se vive una crisis en la universidad y por cuenta de muy buenas fuentes, nos hemos enterado de un intento de sabotaje al proyecto por el cual nos hemos esmerado tanto y por el que hemos dado todo nuestro empeño y vigor.

—Buuu—gritaban emocionados los de primer año.

—Es cierto compañeros, la derecha neoliberal, que siempre ha tratado de hacernos trastabillar y malogra nuestro sueño de un Estado que sirva al pueblo, ha infiltrado agentes del gobierno en las universidades; agentes que toman fotos y hacen reconocimiento de los principales motores humanos que mueven la gran maquinaria de la revolución estudiantil. Esos mismos, portadores de las armas que atacan contra el pueblo que los sustenta, son los que quieren que desfallezcamos en nuestro derecho de hacer este un país más digno y más igualitario.

Debo decir que al oír hablar a este hombre durante media hora, me dieron ganas de meterme al grupo de extrema izquierda y tomar acciones más contundentes contra ese gobierno corrupto y opresor que el encapuchado describía. Mientras pensaba esto el hombre terminó su exposición y volvió a lanzar un explosivo de alta sonoridad como el previo al inicio de su intervención y se retiró con su séquito de encapuchados. Debo confesar que la idea del explosivo como atrayente de atención me parecía una excelente técnica, la cual adoptaría sin lugar a dudas.

Después de varios días decidí poner en marcha mi plan: hice circular unos panfletos en los que se describía la forma en que iban a desarticular un plan gubernamental en pro de los más necesitados e insté en el mismo comunicado a que todos asistiéramos con las camisas de rayas horizontales blancas y negras y el cuello de camisa blanco, representando así a la burocracia que siempre intermedia en estos procesos (proceso falso en esta ocasión) y pacté un lugar con mis lectores para el encuentro.

Para mi sorpresa el día del encuentro asistieron varias personas—no creí que fueran más de dos, ya saben, por ser la primera “convocatoria”— algunas con las camisas ya puestas y otras por la falta de información del escueto panfleto y desconfiadas, la tenían en sus maletas o simplemente en las manos. Conté 10 personas. Sin demora y al identificarse algunos entre sí por la vestimenta, empezaron a preguntar por mí. Di la cara y expliqué que lo de los almuerzos era una realidad venidera y muy próxima y que necesitaba su ayuda urgente para evitar que la “nefasta” operación se llevara a cabo. De inmediato los que no tenían sus camisas a rayas puestas las usaron y tenía a mi pequeño ejército reunido por primera vez, la pregunta era: ¿y ahora qué?

Se sabía a ciencia cierta que el rector era un hombre ocupadísimo y que para toda protesta que se diera en la universidad y si se quería llegar al máximo dirigente del claustro con una especie de petición, se debía pasar por un conducto regular exhaustivo y merecedor del galardón al impedimento contestatario, por lo que lo primero que se me ocurrió fue eso: intentar de acceder a él directamente teniendo la plena seguridad  de que no se podría tal cosa en tan poco término.
Estaba en lo correcto. Dadas las violentas protestas acaecidas unos pocos meses antes, el esquema de seguridad con el que contaba el rector era estricto y eficaz y sin mediar palabra y, creo yo, al ver tanta gente (en una oficina once personas son muchas) cuatro hombres de notable estatura y espaldas anchas arremetieron contra nosotros.

A pesar de  nosotros ser mayoría, nos ganaron en técnica de maniobrabilidad del cuerpo en situaciones de riesgo y nos echaron a empellones de tan solo la entrada de la oficina del rector. Mi pequeño ejército fue vencido, pero como me prometí, ninguna baja humana tuvo que ser contabilizada. Al terminar todos quedaron ofuscados y con su objetivo malogrado y reclamaban a un rector no presente en físico pero  sí con forma de puerta de oficina atiborrada de escoltas. La pregunta que todos me hicieron fue “bueno y ahora qué sigue” a lo que les respondí con un papel y un bolígrafo en mano: “anoten sus números telefónicos y yo los contacto; nuevo punto de encuentro y nueva táctica para la próxima, muchachos”. Eso fue tan sólo una improvisación porque no sabía qué carajos hacer después; sabía que tarde o temprano se iban a enterar de mi falso argumento.
Al día siguiente, después de una aburrida clase de matemática básica me reencontré con mi amiga la estudiante de derecho.

—Oye, cómo hacen ese truquito del explosivo que estalla y bota una humareda. —le dije ansioso.

—Es sencillo—dijo en tono burlón—Química básica.

— ¿Tú lo sabes hacer? —pregunté con decisión.

—Y, ¿para qué quieres aprender eso? No me digas que les vas a hacer competencia a los de la extrema izquierda—dijo esbozando una sonrisilla maquiavélica.

—No, no. En absoluto—contesté raudo. —Es para una obra de teatro que estoy montando.

— ¿Se puede saber el nombre? — Dijo sagaz.

—Aún lo estoy maquinando. Me vas a decir o no. —dije impaciente.

Al parecer  la chica se creyó el cuento de la obra o me quería iniciar en las costumbres de los grupos estudiantiles clandestinos, porque me indicó la manera de hacer el truco químico.

A los pocos días de haber conocido el “secreto” y de intentarlo una y otra vez repasando con videotutoriales por fin logré construir el pequeño artefacto. No lo pensé dos veces y antes de probar mi experimento contacté a mi ejército y los cité esta vez en la biblioteca.
Apenas nos encontramos le entregué a cada uno los artefactos que construí para que el truco esta vez asustara a los guardaespaldas; ya ni pensaba en qué le diríamos al rector si este nos respondiera, me jactaba de dirigir a un pequeño pero combatiente grupo de personas.

Apenas estuvimos cerca los cuatro mismos hombres corpulentos se abalanzaron sobre nosotros, pero les indiqué a mis muchachos que tiraran los explosivos. Eso hicieron. De repente un estallido inusual retumbó en los muros de la rectoría derrumbando la estructura por completo. Había sangre por todos lados. Lo único que recuerdo ahora es a la chica de derecho aplaudiendo lentamente y con esa sonrisa del demonio.






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