Ubicada en la
periferia de la ciudad, un lugar un tanto desolado y al que solo llegan algunas
personas, se hallaba la factoría Prentiss.
Allí, Laurent Matta,
uno de sus empleados, terminaba con satisfacción y cansancio el día laboral.
Preparando lo necesario para partir, se dispone a dar inicio al tan merecido y
anhelado descanso.
Apaga el sistema
dispensador y lo desconecta de la toma eléctrica para más seguridad. Cierra
válvulas, verifica barómetros y activa el regulador automático que con suerte
cumplirá a cabalidad con el cuarenta o cincuenta por ciento de las funciones
cotidianas que se le asignan. Apaga las luces, se quita el incómodo overol y el
casco y lo pone en una canasta de plástico para dirigirse a la zona de
casilleros.