
Desde lo oscuro aquí te escribo. Tomo un último respiro para
concentrarme en mis pensamientos. No emito el más mínimo sonido. Deslizo
suavemente el lápiz por la rugosa hoja y allí se plasma en letras tu cuerpo, tu
figura, tu esencia. Quién iba a pensar que cada letra que describe tu desnudo
cuerpo, portaría la misma sutileza, trasmitiría exactamente la misma sensación
de plenitud y de nerviosismo a la vez.
Con delicadeza y sorprendente agilidad, pululas por las cuatro paredes que te
rodean. No sé si estás bailando o desfilando ante los ojos de un público
inexistente, que con el solo hecho de presenciar este acto, ovacionaría
exaltado y creo yo, acompañado del mismo nerviosismo que me invade en estos
momentos.
El baile continua. Tus brazos envuelven tu cuerpo. Se trenzan con tal armonía
que pareciera que esto lo has ensayado de por vida; naciste para esto.
Acompañado por tu pelo que forma espirales interminables, tu cuerpo empieza a
invocar a las más altas deidades, las cuales son merecedoras de tan
prodigiosa escena.
Un haz de luz se cuela por los espacios dejados entre las cortinas; por
tu actitud, es lo que estabas esperando. Recibes el resplandor de frente, con
los brazos abiertos. El destello producido por la luz reflejada en tu piel
perlada basta para enceguecerme, para dejarme en desconcierto por varios
segundos. Un poco más de luz y se hubiese sabido el lugar donde me encuentro.
No emito el más mínimo sonido. Retomo lo que había empezado en la hoja rugosa.
Sin notarlo, tu presentación se ha vuelto poesía en el papel. Sin notarlo, he
llenado la hoja por ambas caras y tu rostro es lo único que no he podido
reproducir. Sin notarlo, ha caído la noche y ahora es la luna que tenue,
ilumina pacíficamente tu dorso descubierto.
Estás boca abajo y la frazada cubre desde los muslos hasta donde empieza
tu espalda. Jugueteas con los pies en el aire y recreas varias clases de
ritmos: la canción que escuchas (siempre) antes de dormir, la que te acuerda de
aquel (maldito desgraciado) viejo amor, la que te hace llenar de nostalgia (no
me gusta verte llorar) y hasta la que te hace sentir que el mundo es una
bazofia.
Con la noche llega el frío. El viento imprudente eriza hasta lo más
recóndito de tu tersa piel. Cae de sopetón la frazada y quedan al descubierto
tus bien formadas nalgas. La hoja ya no resiste más anotaciones y aunque las
resistiera, se quedaría corta al tratar de explicar la perfección de tus
atributos, la complejidad de tus formas. La necesidad imperante de
transformarlas en relatos. De plasmarlas para la posteridad.
Tu cuerpo no aguanta más, tienes que protegerte del azote del viento que
actúa como mensajero de la noche. Con lentitud te levantas vigorosa y
elegantemente hacia el armario, tomas la perilla y te preparas para cubrirte
con tu tradicional atuendo de seda:
-¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡¿usted quién es?!
-El que dibujará tu rostro por última vez.
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