jueves, 23 de agosto de 2012

Tu rostro



Desde lo oscuro aquí te escribo. Tomo un último respiro para concentrarme en mis pensamientos. No emito el más mínimo sonido. Deslizo suavemente el lápiz por la rugosa hoja y allí se plasma en letras tu cuerpo, tu figura, tu esencia. Quién iba a pensar que cada letra que describe tu desnudo cuerpo, portaría la misma sutileza, trasmitiría exactamente la misma sensación de plenitud y de nerviosismo a la vez.


Con delicadeza y sorprendente agilidad, pululas por las cuatro paredes que te rodean. No sé si estás bailando o desfilando ante los ojos  de un público inexistente, que con el solo hecho de presenciar este acto, ovacionaría exaltado y creo yo, acompañado del mismo nerviosismo que me invade en estos momentos.


El baile continua. Tus brazos envuelven tu cuerpo. Se trenzan con tal armonía que pareciera que esto lo has ensayado de por vida; naciste para esto. Acompañado por tu pelo que forma espirales interminables, tu cuerpo empieza a invocar a las más altas deidades, las cuales son  merecedoras de tan prodigiosa escena.

 Un haz de luz se cuela por los espacios dejados entre las cortinas; por tu actitud, es lo que estabas esperando. Recibes el resplandor de frente, con los brazos abiertos. El destello producido por la luz reflejada en tu piel perlada basta para enceguecerme, para dejarme en desconcierto por varios segundos. Un poco más de luz y se hubiese sabido el lugar donde me encuentro. No emito el más mínimo sonido. Retomo lo que había empezado en la hoja rugosa. Sin notarlo, tu presentación se ha vuelto poesía en el papel. Sin notarlo, he llenado la hoja por ambas caras y tu rostro es lo único que no he podido reproducir. Sin notarlo, ha caído la noche y ahora es la luna que tenue, ilumina pacíficamente tu dorso descubierto.
Estás boca abajo y la frazada cubre desde los muslos hasta donde empieza tu espalda. Jugueteas con los pies en el aire y recreas varias clases de ritmos: la canción que escuchas (siempre) antes de dormir, la que te acuerda de aquel (maldito desgraciado) viejo amor, la que te hace llenar de nostalgia (no me gusta verte llorar) y hasta la que te hace sentir que el mundo es una bazofia.

Con la noche llega el frío. El viento imprudente eriza hasta lo más recóndito de tu tersa piel. Cae de sopetón la frazada y quedan al descubierto tus bien formadas nalgas. La hoja ya no resiste más anotaciones y aunque las resistiera, se quedaría corta al tratar de explicar la perfección de tus atributos, la complejidad de tus formas. La necesidad imperante de transformarlas en relatos. De plasmarlas para la posteridad.

Tu cuerpo no aguanta más, tienes que protegerte del azote del viento que actúa como mensajero de la noche. Con lentitud te levantas vigorosa y elegantemente hacia el armario, tomas la perilla y te preparas para cubrirte con tu tradicional atuendo de seda:
-¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡¿usted quién es?!
-El que dibujará tu rostro por última vez.

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