jueves, 9 de abril de 2015

Cuando granice hablamos




Era un día frío en la ciudad de Bogotá. El canal del clima había anunciado lluvias en las horas de la mañana y posibles granizadas en horas de la tarde; esto, tenía una relación en la mente de Thomas Benedetto que lo hacía recordar siempre a su padre. La razón era simple: su padre siempre le recordaba que cuando muriera, esperara al granizo. Que mediante este fenómeno se daría una conexión especial entre los muertos y sus seres más allegados. Thomas nunca le creyó, pero respetaba tanto a su padre que siempre asentía levemente y guardaba silencio; para él, cuando alguien dejaba éste mundo, lo hacía sin pasaje de retorno alguno.

Ese día Thomas se levantó de su cama presuroso pues tenía una reunión con sus jefes en la planta de producción de pan en la que trabajaba. Era el encargado de la supervisión de la producción de panes destinados a ser convertidos en el acompañante de la carne, la lechuga, el tomate, el queso y los demás aditamentos culinarios que se le agregan a una hamburguesa. Su posición en la empresa la había obtenido con esfuerzo, ya que Thomas escasamente había terminado su bachillerato y había cursado estudios superiores pero, para empezar, no tenían relación con las plantas de producción de ninguna cosa que se hiciera en su ciudad y me atrevería a decir en el mundo y, por otro lado no había culminado ninguno de ellos. Esto lo hacía ver como un pez raro en el mar de profesionales de la planta de pan pero, debido a que era muy laborioso, siempre estaba presto a aportar nuevas ideas y desde que asumió la posición de supervisor las cosas no podrían salir mejoren la empresa para la que laboraba.

Así pues, antes de salir directo hacia done lo esperaban sus jefes (muy puntuales ellos, debido a que eran hombres ocupados con más negocios en marcha en la realidad tanto como en sus cabezas), recibió una llamada de su padre lo cual era usual y a lo que Thomas esperó fuese una llamada para desearle buena suerte, ya que su padre sabía de la reunión con sus jefes.

— Hola hijo—saludó su padre. —Sé que vas a tener un día atareado, pero sólo recuerda que debes mantener la calma, respira profundo y exhala lentamente—e hizo el ejercicio de respiración él mismo, que se escuchó copioso por el teléfono—, tus jefes han demostrado valorar lo bien que has trabajado y no creo que en esta reunión salgas mal librado.
— Gracias pa’—dijo cariñosamente Thomas mirando su reloj de pulso--. Espero que no sea una de esas reuniones en las que me deleguen acciones penosas como las de la otra vez, ¿te acuerdas? Cuando me hicieron despedir a tanta gente de manera injusta—suspiró—.
— Hijo, yo ya te lo había dicho, con el poder que se vaya alcanzando en la vida se tienen que tomar decisiones de acuerdo al nivel del mismo que uno posea—dijo en tono sapiente el padre—, y, a veces esas decisiones pueden estar influenciadas por otras personas o, como en tu caso, impuestas.
— Lo sé pa’, gracias por la llamada viejito—pronuncio en tono sutil y cariñoso--.  Por ahora te tengo que dejar o se me hace tarde, me saludas a mi madre.
— No hay problema hijo—pronunció comprensivo—. Yo le daré muchos abrazos de tu parte; cuídate del granizo, ya viste cómo te dejó resquebrajado el panorámico la otra vez—y colgó.

Thomas salió a prisa de su apartamento y comprobó que los del canal del clima habían acertado esta vez (cosa rara; no por la ineficiencia de los pronósticos sino porque el clima es tan impredecible…) y  sintió una pequeña brisa que llevaba consigo un toque de agua supremamente helada. Subió a su auto y emprendió camino hacia su trabajo. Su conversación matutina había hecho que se retrasara un poco pero por ser horas tan tempranas de la mañana no había el tráfico que sí podría haber si se hubiera demorado tan sólo diez minutos más al teléfono.

A pesar del nerviosismo que lo invadía por llegar tarde, su pericia al volante era excepcional y decidió acelerar más de lo normal para pasar por precavido y anticipar a sus jefes y así dar una buena impresión. Lo logró y encontró tan solo un panorama desértico disminuido un tanto por la presencia de los guardias de seguridad del gran complejo de bodegas y de algunos operarios que por su importancia en el inicio de labores de la planta, debían estar allí antes que el común de los otros. Thomas conocía de antemano los vehículos en los que se movilizaban sus jefes y no vio ninguno estacionado en el espacio destinado para los altos mandos de la planta. Así que supo con certeza que había acelerado mucho su medio de transporte y que tenía unos minutos más, ya fuera bien para pensar en los detalles de la reunión o para distanciarse de la realidad y liberarse de la presión que, poca o mucha, le pesaba un tanto sobre sus hombros.

Cuando ya empezaba a relajarse hasta quedar dormido, su celular sonó, pero diferente a como lo esperaba no era su padre para darle unos últimos consejitos; era su hermana Jane, lo cual se le hizo extraño, no porque no se quisieran lo suficiente como para no hablar con frecuencia, sino porque ella vivía en Londres y para todo efecto, era atípico que ella lo estuviera llamando a esas horas, que por la diferencia de zona horaria serían de trabajo para ella, y vaya que tenía un trabajo que le ocupaba la mayoría de su tiempo.

— ¡Despierta! – Le gritó su hermana—. No seas perezoso y levántate.
Thomas se sorprendió de que su hermana hubiese adivinado su leve dormitar y le inquirió:
—Hermanita ¿es que ahora eres adivina? ¿Cómo supiste que estaba durmiendo?—le dijo Thomas un tanto inquieto--.
— Jajaja, despistado—dijo socarronamente—, yo sé que eres malo para madrugar y te quería sorprender, sólo es eso. ¿Adivina? No me vas a decir que crees en eso, tú el ateo de la familia, la oveja negra de los Benedetto.
— Tú siempre tan graciosa—y le soltó una risa sarcástica—, más bien cuéntame, ¿cómo anda todo por allá?
— Lo mismo de siempre un frío cansonsísimo, pero al mal tiempo buena cara—dijo resignada—.
— Y todavía sigues con éste tipo, ¿Andrew es que se llama?
— Nooo hermanito, con él ya ni el saludo. Terminamos muy mal, resulto ser un obsesivo de mierda—dijo con desahogo y rabia—ni bien llevábamos un mes de relación ya me celaba con medio staff de mi trabajo y creería yo que con todo Londres.
— Uff qué mal—dijo ya perdiendo el interés y mirando su reloj de pulso—. Hermanita acaba de llegar mi jefe tengo que acomodar bien el carro, te tengo que dejar.
— ¡Ingrato! Hace tiempos que no hablábamos y me cortas de esta manera—dijo tiernamente--.
— Lo siento Jane, tengo una reunión con mis jefes te tengo que dejar, chao, chao.

Luego de haber colgado procedió a mover su vehículo que impedía que sus jefes parqueasen en sus respectivos lugares. Uno de ellos tocó la bocina intempestivamente mientras Thomas terminaba su llamada mientras al unísono le gritaba: “¡Benedetto, despierte!”

La reunión comenzó y todos estaban un poco estresados, cosa que Thomas atribuyó a un posible trancón ya que sus jefes, pese a su habitual puntualidad, habían llegado tarde a su reunión. Se habló sobre los sobrecostos de la producción del pan, de un nuevo socio que tenía insumos más baratos que hacían que la empresa tuviera un mayor beneficio por cada tonelada de pan que vendiera, números grandes, incluso los jefes estiraban el pico formando un círculo cada vez que se hablaba de cifras. En fin, lo que querían darle a entender a Thomas es que ya esto no sería un juego de niños, que las cosas se ponían más serias y que tenía que estar a la altura de sus nuevas responsabilidades con el nuevo proveedor (un chino, o eso creyó escuchar), tenía que trabajar como nunca para que las cosas fueran in crescendo. La reunión se demoró hasta un par de horas más allá del medio día y la tarde se dejaba ver gris y el pronóstico del canal del clima parecía estar acertado.
Poco a poco empezó a lloviznar levemente, pero en una transición increíblemente rápida entre gotitas de agua y tormenta, comenzó a granizar. Thomas tomó una sombrilla y se subió rápidamente a su auto y emprendió camino a casa. Mientras manejaba su teléfono sonó: era su padre.


— Hola Thomas—saludó un tono de voz triste--. ¿Recuerdas lo que siempre te he dicho del granizo?
— Sí pa’, pero tú sabes que yo no creo en esas cosas—le dijo Thomas con la intención de no herir susceptibilidades—.
—Pues ha pasado.
—Ha pasado qué—pronunció nervioso e incrédulo.
—Esto me lo enseñaron mis padres y a ellos mis abuelos y así hasta remontarnos al origen de los Benedetto.
— ¿Entonces me quieres decir que estás muerto?—dijo con ironía—.
— No hijo, tú lo estás. Hasta ahora lo estás asimilando. Tu hermana también lo está, le dio un paro cardíaco al enterarse de tu muerte esta mañana. Al parecer aceleraste demasiado y tuviste un grave accidente.
— ¿Entonces era cierto lo del granizo?—dijo con resignación—.
—Sí, siempre que granice podremos comunicarnos. Pero por ahora creo que ya está cesando la tormenta te amo mu…. Hijo. Tu madr… te mand… salud…