
Desde lo oscuro aquí te escribo. Tomo un último respiro para
concentrarme en mis pensamientos. No emito el más mínimo sonido. Deslizo
suavemente el lápiz por la rugosa hoja y allí se plasma en letras tu cuerpo, tu
figura, tu esencia. Quién iba a pensar que cada letra que describe tu desnudo
cuerpo, portaría la misma sutileza, trasmitiría exactamente la misma sensación
de plenitud y de nerviosismo a la vez.
Con delicadeza y sorprendente agilidad, pululas por las cuatro paredes que te
rodean. No sé si estás bailando o desfilando ante los ojos de un público
inexistente, que con el solo hecho de presenciar este acto, ovacionaría
exaltado y creo yo, acompañado del mismo nerviosismo que me invade en estos
momentos.
El baile continua. Tus brazos envuelven tu cuerpo. Se trenzan con tal armonía
que pareciera que esto lo has ensayado de por vida; naciste para esto.
Acompañado por tu pelo que forma espirales interminables, tu cuerpo empieza a
invocar a las más altas deidades, las cuales son merecedoras de tan
prodigiosa escena.