Ubicada en la
periferia de la ciudad, un lugar un tanto desolado y al que solo llegan algunas
personas, se hallaba la factoría Prentiss.
Allí, Laurent Matta,
uno de sus empleados, terminaba con satisfacción y cansancio el día laboral.
Preparando lo necesario para partir, se dispone a dar inicio al tan merecido y
anhelado descanso.
Apaga el sistema
dispensador y lo desconecta de la toma eléctrica para más seguridad. Cierra
válvulas, verifica barómetros y activa el regulador automático que con suerte
cumplirá a cabalidad con el cuarenta o cincuenta por ciento de las funciones
cotidianas que se le asignan. Apaga las luces, se quita el incómodo overol y el
casco y lo pone en una canasta de plástico para dirigirse a la zona de
casilleros.
Por el camino hace un
reparo mental de lo necesario para marcharse:
“Llaves del auto, de la casa, del
casillero, billetera… Todo en orden” Se dice a sí mismo.
Y como quien quiere agilizar
el proceso, se repite varias veces en voz alta:”Estoy exhausto, necesito
descansar. La cama me espera. La cama me espera.”
Recorriendo los
recovecos de la fábrica, se escuchan voces con amabilidad despidiéndose unas de
otras. Mas pareciera a veces que pudiera ser de otros niveles ajenos al suyo,
porque rara vez ve a más de una persona deambulando por los vacíos pasillos que
se encuentran en el recorrido hacia los lockers.
Hallándose ya en la
zona deseada y acompañado por el zumbar
de averiados bombillos de neón, descarga la pesada canasta.
Del bolsillo derecho se su pantalón retira la llavecita y la introduce en la pequeña cerradura. Gira a la derecha, gira al a izquierda, oye el traquear y zaz, ya está abierta.
Del bolsillo derecho se su pantalón retira la llavecita y la introduce en la pequeña cerradura. Gira a la derecha, gira al a izquierda, oye el traquear y zaz, ya está abierta.
Recoge del piso la
canasta y toma el pesado overol reparando en doblarlo con meticulosidad. La
inspección matutina no da tregua y su atuendo tiene que estar, aunque no limpio
en su totalidad, al menos presentable.
Se deshace de las
pesadas botas y las cambia por cómodos mocasines ubicados al interior del
contenedor. Saca también su chaqueta y se la pone de inmediato. Soltando una
pequeña risa se dice en voz baja:
—No sé cómo hacen esas ratas roe cables para
sobrevivir en una noche tan fría como esta—
— ¡Hacemos
ejercicio!—Contestó una voz al final del cuarto— ¿O acaso tienes una idea mejor
para no morir de hipotermia?—Volvió a decir.
Laurent sintió un
pequeño escalofrío, pero con voz un tanto temblorosa y notablemente irónica
replicó: —Sí, sí. Muy chistosos muchachos, ahora las malditas ratas hablan. ¿No
pudieron pensar en algo mejor? Por favor les ruego no insulten mi sentido
común.
La voz soltó una
risotada y el sonido se fue alejando, a medida que solo se escuchaba un pequeño
eco del sonido inicial.
Matta no dudó en
acercarse al lugar de donde creía provenía la voz y con valentía pero con
cautela empezó a buscar el menor indicio de actividad humana, ya que era común
que compañeros de trabajo se ensañaran durante un tiempo contra alguien en
particular solo para jactarse al otro día de su elaborada broma.
Después de haber
escudriñado los rincones del cuarto y los corredores aledaños, se detuvo en una
esquina. Justo en la intersección de dos tubos que contenían parte del cableado
eléctrico, divisó un altoparlante por el cual se emitían mensajes a determinado
grupo de empleados durante el día y se anunciaba el inicio y termino del día
laboral.
Con satisfacción
detectivesca observó el artefacto, sonrió y se propuso a seguirle el juego a
sus pilatunezcos compañeros.
Era bien conocido por
Laurent y casi todo el personal, que el gran recinto de trabajo(como muchos
otros de su clase) estaba vigilado por un circuito de cámaras de seguridad y
que dicho mecanismo de protección, tenía una central de mando desde la cual se
monitoreaba todo lo que ocurriese las veinticuatro horas del día, los siete
días de la semana.
La central estaba a disposición
de los trabajadores,solo de forma tal, que por cada semana del mes se
distribuyera su cuidado entre el total del
número de trabajadores de cada nivel de la fábrica. Era un método ideado
por los altos directivos para enfatizar su política de seguridad colectiva anti
riesgos laborales. Política para disfrazar de buenas intenciones el gran
recorte económico y de personal que se venía imponiendo en la compañía.
Teniendo claro esto,
se iluminó su pensamiento y optó por dar inicio a su nueva “contra chanza”.
Para no delatarse, y
sin mirar fijamente a ninguna cámara, emprendió camino hacia la central, caminando
preocupado, dubitativo; asomando su cabeza en cada esquina.
Las voces seguían
hablándole y el solo optó por taparse la boca con las manos en mímico gesto de
asombro, solo para disfrazar sus risitas conspirativas. Hasta hubo un momento
en que para darle más vistosidad a su acto teatral, se quito los mocasines y
empezó a andar en puntitas.
Sin importar qué tan
cerca estuviera de cada altoparlante, la voz parecía provenir siempre del que
estuviera a la vuelta del pasillo. Cosa que para Matta era muy fácil de prever
ya que cada altoparlante poseía autonomía de funcionamiento y se podía prescindir
del uso en masa del sistema, si se manipulaba de una forma adecuada.
Durante su fingida
caminata, recordó que existía un elevador adicional al que se utilizaba para el
transporte de personas y que, por ser el de carga de materiales de desecho, no
tenía instalado ningún dispositivo de vigilancia.
Se dirigió al lugar
del transporte de carga, realizando las mismas payasadas con las que estaría
engañando anteriormente a los otros operarios. Habiendo una vez llegado, pudo
al fin descansar. Sus pies le dolían y ya esto había pasado de ser más que una
broma que se quiere devolver, a una amistosa venganza.
Estando metido en el
elevador, fue cuando volvió a escuchar la voz:
— ¿Pero dónde te has metido? ¿Acaso ya no quieres jugar con nosotros?— Dijo en
tono siniestro.
“Pero qué crueles que
pueden llegar a ser.” Dijo Laurent para sus adentros.
—Sal de donde estés.
No quieras lastimarteee. —Dijo advirtiendo la voz.—No quieras lastimarte. —Repitió en amenazante canto.
A estas alturas ya se
encontraba un tanto nervioso. Seguramente esta había sido una de las chanzas
más macabras a las que hubiese estado sometido.
Durante el trayecto,
que por ser en esa clase de elevador se hacía en el doble de tiempo, tenía que
idear un plan. Aprovechó los restos de empaques y vestigios de alguno que otro
material y elaboró para sí un disfraz improvisado. Un tanto ridículo. Pero su
intención era salir corriendo hasta la sala de mando y tomar por sorpresa al
que estuviera ahí, ahuyentándolo con gritos y alaridos.
Estando en el piso
doce, se abrieron las puertas de su transporte. Era su momento. La hora del
desquite. Con ira, pero con la plena certeza de que al día siguiente se iba a
mofar a más no poder de sus burlones amigos, emprendió carrera. Ni él mismo
tenía idea a qué se parecía con todo eso encima. Conforme corría, partes de su
armadura de basura se iba cayendo. Atravesó la puerta y por poco recibe en la
cara la devuelta del portazo. Se preparó para gritar como nunca antes. Con todas
las fuerzas de sus entrañas. Tomó la mayor cantidad de aire posible y…Cuando lo fue a
hacer, quedó mudo. Tal vez el agite. Tal vez el cansancio. Tal vez porque
encontró tres cuerpos semidevorados a mordisquitos y miles de pequeños ojos
rojos centrados en él. Pero más fue su pavor, cuando notó que en la pared
estaba escrito en tinta sangrienta: “jamás acabaran con nosotros”.Y ahí si se
escucharon los gritos. Los más desoladores que esas cuatro paredes hubiesen
presenciado.Tan solo al otro día,
hasta el arribo de algunos trabajadores, se conoció el catastrófico hecho.
Rodeada por cintas
amarillas que consignaban “no pase” y con un cubrimiento policiaco y
periodístico enorme, la fabrica lloraba la pérdida de varios de sus
trabajadores. Inmediatamente en las noticias locales del medio día se podía
escuchar a los comunicadores anunciar la trágica noticia:
“El día de hoy, a las
siete de la mañana, fueron encontradas muertas cuarenta y tres personas en las
inmediaciones de la manufacturera Prentiss. Al parecer el descontento de uno de
sus trabajadores por la fumigación con pesticida anti plagas y la posible
ingesta de este letal veneno, llevaron a uno de sus integrantes a asesinar
inmisericordemente a 42 de sus compañeros, para posteriormente quitarse la
vida. El asesino, que portaba un perturbante disfraz, al parecer de una secta
satánica, era conocido por el nombre de Laurent Matta. El cómo y el por qué de
los hechos esta siendo investigado por las autoridades competentes.
Estamos con el
director de investigaciones Coronel James Martin, quien nos va a explicar las
acciones a tomar…”
wow! que buen escrito!
ResponderEliminarme encantó... quedé totalmente envuelto en estas palabras! :)
¡Felicitaciones!
Hermano, qué bueno que le guste. Gracias y bienvenido por acá.
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