viernes, 28 de noviembre de 2014

Por fin cubierto






Está anocheciendo y el frío me carcome los huesos. Con mi manta, cubro parte de mi cuerpo. Pero no es suficiente ya que, al cubrir cierta parte se destapa otra. ¡Qué mierda! Como si no fuera suficiente, está repleta de agujeros. Cuando no es el frío que se filtra, es la lluvia que se escabulle por dentro de los rotos empapando mi ropa, mi cuerpo, mi mochila, mis ajustados zapatos. Necesito con urgencia una cobija “nueva”.

Conseguir una buena cobija no es una tarea fácil. Hay que saber en que partes buscar. Los primeros lugares vienen a ser los basureros o botaderos cercanos. Las iglesias también pueden ayudar, pero con búsquedas diferentes: Ropa, calzado, comida y uno que otros enseres que acomodo junto con los demás que ya tengo. Si quisiera podría pasarme la vida a costa de la beneficencia. Pero no, esa no es mi idea. No pretendo edificar mi futuro con ladrillos prestados. Por supuesto la otra forma de obtener la cobija es comprándola nueva o usada, pero para lo nuevo no me alcanza y lo usado no tiene valor monetario para mi, se debería regalar o usar con  desesperación hasta volverlo inútil y terminar reciclándolo o usándolo tal vez con un propósito diferente con el que se creó.

La lluvia no amaina y poco o nada me importa estar mojado hasta el culo. En estos momentos, mis esfuerzos se centran en encontrar ese pedazo de tela, que así sea de manera sosa, detenga las gotas de lluvia de este implacable clima. Después de haber buscado por varios lugares, me detengo exhausto debajo de un puente a descansar y recuperar energías. Me sacudo el agua y de mi mochila extraigo un cartón, un tanto agujereado y en mal estado, pero que a manera de colchoneta, hace menos incómodo el frío y duro piso. Con la vista hacia arriba, mirando parte del puente y una que otra estrella, recuerdo con cariño y nostalgia el hogar que algún día tuve. Las cosas eran más simples a como son ahora. Si necesitaba arroparme, lo único que hacía era abrir el armario y sacar las cobijas que necesitara. Aunque con recordarlo no se haga realidad, es inevitable hacerlo y casi imposible olvidarlo.

Ya parece estar escampando. Hora de seguir con la búsqueda. Doblo mi cartón de forma que quepa sin problema en la mochila. Retomo el camino que venía transitando y saco un cigarrillo. Al manipularlo se deshace de inmediato y veo como el tabaco que contenía, toca el suelo y se va dispersando movido por el viento o humedecido aún más en los charcos formados. Era el único y primero del día.

Mientras camino, paso por un centro comercial pequeño. Empiezo a ojear las vitrinas que quedan cerca de la calle y me intereso en una en especial. El local se especializa en tendidos, sábanas, almohadas y demás artículos pertenecientes a una habitación. Después de permanecer en los alrededores, noté que la vigilancia era poca y las rondas de los miembros de seguridad pasaban cada media hora. Tiempo suficiente para irrumpir en el local y en vez de solo una manta, sacar todo lo que se pueda.

Espero a que el celador pase cerca al local cumpliendo con su ronda. Tomo un ladrillo, cojo impulso y lo arrojo con fuerza a la vitrina. El estruendo no se hace esperar y una alarma empieza a cumplir con su misión: hacer escándalo. Mientras puedo, introduzco en la mochila lo que quepa, dándole prioridad a la manta, sin importar el color o el diseño, esperando que el tamaño sea el adecuado.

Los guardias están encima, lo puedo percibir. Escucho sus pasos acelerados como el galopar de un caballo. Emprendo la huída a toda velocidad. Escucho disparos. Mi trote empieza a disminuir. Siento un sudor frío y un dolor leve en mi pierna derecha. Más disparos. No puedo avanzar más. Los celadores me alcanzan. Llegan acompañados de la policía que al parecer fue avisada por la alarma. Los dos vigilantes no habrían tenido tiempo por estar ocupados en la persecución. Pasa el tiempo y nadie llama una ambulancia. “Dejémoslo que sufra, por rata” dijo uno de los policías mirándome con desprecio. Estoy a punto de entrar en estado de shock. Vista nublada, una pequeña fiebre. Un disparo más que se aloja en mi pecho dificultando mi respiración. Escucho sirenas haciéndome a la idea de que son ambulancias. No puedo hablar, me falla la respiración y estoy sin aliento. Un policía llama por radio solicitando ayuda médica. Algo murmuran los policías y la vigilancia del centro comercial. Con dificultad observo que uno de los vigilantes toma el arma de uno de los policías y me dispara. Esta vez en el cráneo. Y sacando de mi mochila  una finísima sábana, me cubre con ella: “ahí tiene con que taparse”.


No hay comentarios:

Comenta