viernes, 5 de diciembre de 2014
Vigotes
Era de madrugada y Jesús despertó de súbito, bañado en sudor.
—¿Eres tú, Bigotes?
Se escuchó un maullido al otro lado de la habitación.
—Seguro tienes hambre.
—Sí- contestó una voz justo donde acostumbraba a estar su viejo gato.
Jesús a pesar de la respuesta clara de la que quizás fuera la voz de bigotes, intentó volver a dormir, y lo hizo durante media hora cuando…:
—¡Tengo hambre! — un maullido desaforado.
Despertó de nuevo, igual que antes, bañado en sudor pero con más calma.
—¡Ja! Bigotes, gato bribón, bastantes tragedias he tenido que vivir como para asustarme tan fácilmente—dijo enérgico—menos si es con un gato viejo como tú.
—Y… ¿se supone que con eso calme mi hambre? — dijo siniestro— bastantes vidas he vivido y me quedan otras tantas como para que otro viejo me niegue el alimento.
Lo que afirmaba Jesús era cierto, había vivido cosas más fuertes en la guerra y no era presa fácil del temor; menos si lo ocasionaba un “gato viejo”.
—Entonces somos dos viejos—dijo reflexivo— pero, ¿acaso no comes siempre a la misma hora? Y estas no son horas de comer. ¡Duérmete ya gato del demonio! — y lanzó uno de sus zapatos hacia el lugar donde supuso se hallaba el animal.
Silencio. Jesús durmió un poco pero faltaba otro tanto para que amaneciera.
—Viejo loco, tengo hambre. —Dijo la voz ahora más cerca suyo— ¿tengo que arañarte de nuevo la cara para que me tomes en serio?
Jesús empezaba a dudar de si lo que oía era parte de uno de los tantos sueños que lo atormentaban desde que tuvo esa salida triste y deshonrosa de su tan amada fuerza naval.
—Mira, Bigotes—dijo comprensivo—si te doy de comer ¿Dejarás de fastidiarme? Bien sabes que tengo que ir donde el doctor Murcia muy temprano.
—Deja de llamarme Bigotes, viejo traicionero, dime Vigoya. ¿Te recuerda algo ese apellido, capitán Trejoz?
Jesús tembló como hacía desde su último combate en altamar no lo había hecho. Y con razón, desde su retiro se aisló y perdió contacto con el mundo militar. Ya nadie lo conocía como el viril y a veces déspota capitán Trejoz.
—¿Vigoya? Esto sí que es un sueño— dijo aliviado.
—¿Y qué si es un sueño? — Replicó— ¿Entonces te gustaría tenerme en tus sueños cada noche? Pues bien—y soltó una risotada— así será hasta que confieses, capi.
Jesús hizo memoria y sin dificultad recordó a uno de los hombres bajo su mando en la naval. El soldado Vigoya, quien sufriera tan terrible destino después de una batalla en el pacifico Colombiano. Pero ya sabiendo que era un recuerdo lo que lo atormentaba se reforzó la idea de que tan solo era un sueño o una vil jugada de su imaginación.
—Confiesa capi— dijo una clara voz que salía de la boca de su gato— déjame descansar. Sé valiente y afronta tu pena.
—¡No tengo nada que confesar! — Gritó y se sacudió de encima al animal
Bigotes (o Vigoya, como quería ser llamado) maulló fuertemente y en lengua medio gatuna y medio humana soltó una sonora amenaza:
“Atormentado estarás, capitán Trejoz
Por mi suerte pagarás, así seas viejo
En tus sueños estaré, viejo loco
Y la poca cordura te quitaré de a poco”
Jesús no pudo dormir más y no fue capaz de contestar ante tal amenaza. Siguió en vilo hasta que amaneció, la luz del día hizo que su pena fuese menor e igualmente que su calma acrecentara.
Tomó el rutinario baño y se preparó para la cita con el doctor Murcia.
—Siéntese don Jesús. Cuénteme, ¿cómo se siente hoy? ¿Qué hay de nuevo?
—Pues regular, tuve un sueño— o eso quiso creer— que me arruinó el dormir durante la madrugada.
—¿Algo en particular? —carraspeó— me refiero a algo de lo cual yo no tenga conocimiento.
—Tal vez. Tiene el mismo fondo pero diferente forma. ¿Me hago entender?
Se respiraba un aire parsimonioso en el recinto.
—Es posible que lo que le atormente sea algo que su mente ha estado reprimiendo y ahora solo quiere ser liberado para brindarle paz. ¿Es eso lo que debo entender?
Silencio. En esos momentos Jesús tuvo un recuerdo milagroso y liberador. Se trataba de imágenes algo inconexas que poco a poco fueron formando un vívido recuerdo:
“—¡Carguen la puntocincuenta!
—Sí mi capitán. Firme mi capitán. — Contestaron al unísono los que lo acompañaban en la lancha antinarcóticos.
—Duro con esos guerrillos, no nos la vuelven a hacer; hoy sí no se nos vuelan.
—Mi capitán usted ordena. Puntocincuenta cargada. Esperando órdenes.
—Firme. Vigoya usted pendiente de la parte delantera, cualquier movimiento sospechoso me informa.
Pero nada vislumbró en el horizonte de aquel bravío mar. Solo calma.
No pasados ni dos minutos que se hicieron eternos, emergió una especie de submarino hechizo justo por la parte trasera de la lancha que comandaba Trejoz. Hizo un pequeño sonido, menos audible que el de una ballena cuando sale a respirar pero lo suficiente como para que Vigoya se percatara.
—Mi capitán, ¿no se le hizo raro ese ruido de atrás de la lancha?
—Usted pendiente de la puntocincuenta que nosotros le avisamos de cualquier anomalía, Vigoya.
Pasaron dos minutos más y el sonido se repitió. Solo Vigoya lo escuchó con claridad.
—Mi capitán—dijo preocupado— ahora es en frente mío.
—Como que algo oímos también mi capitán—dijeron los demás.
—Présteme su fusil Vigoya—dijo Trejoz, bravío pero a la vez nervioso— usted está sobrealerta y no quiero que se nos tire la operación.
—Todos alerta—dijo Trejoz decidido—al más mínimo movimiento le disparan a todo lo que tenga uniforme diferente al nuestro.
—Como ordene mi capitán— dijeron todos obedientes.
Y todos estaban alerta pero ninguno se había preparado para lo que iba a suceder:
Hábilmente los tripulantes de varios submarinos fueron eyectados y en un parpadear rodearon y abordaron la lancha. Con agilidad y un buen manejo de armas blancas de mediano tamaño dieron inicio a la ofensiva emboscada.
Vigoya disparo la puntocincuenta, pero ésta solo alcanzaba ciertos ángulos de tiro y el subversivo que hábilmente se posicionó encima del arma evitó así las peligrosas municiones de la misma. Todos dispararon sus fusiles pero Vigoya quedó indefenso y sufrió una rebanación…”
—Don Jesús. ¿Sigue conmigo, don Jesús?
—Qué pasó doctor? Disculpe si me elevé demasiado. ¿Cree usted que eso es lo que me atormenta? ¿Qué eso es lo que hace que mi gato me hable?
—Mire don Jesús, yo sé que usted quería mucho a ese gato, pero el animal fue sacrificado hace ya un buen tiempo. En cuanto a los aruñetazos en su cara, como le he dicho anteriormente, no necesita usted de mucha habilidad ni de un estado muy consciente para auto infligírselos.
—Pepero y… ¿Vigoya, doctor? ¿Brujería?
—Vigoya continua con vida aunque ahora lo haga sin sus extremidades superiores. Brujería ni lo piense. Usted tal vez trató de ocultar su falla y la pena por quitarle su fusil y asoció el nombre de su gato con el apellido del soldado.
—Doctor, pero ¿entonces así de mal me encuentro?
—Usted no está tan mal. Reprimió lo que le podría significar un seguro encarcelamiento. Le recuerdo que al iniciar su tratamiento le advertí que cualquier anormalidad como la confesión de un delito o cualquier otra cosa que superara mi ejercicio yo daría aviso a las autoridades pertinentes.
Usted en el momento se encuentra en mi consultorio, pero no olvide que el mismo está ubicado en el psiquiátrico facilitado por la fuerza naval colombiana.
—Pepero doctor Murcia ¿De qué habla?
—Lo que le digo. Su cerebro, como es habitual en muchos pacientes de su índole, deja de lado segmentos vitales de su accionar pasado tan solo para justificarse o encontrar cierto grado de paz; pero llevo muchos años en esta profesión y usted no tiene ¡nada! Es solo miedo al castigo justo. Como Psiquiatra y militante de la gloriosa naval le confieso que me repugna. Por hoy terminamos. Espere noticias de la junta penal militar.
Jesús quedó deshecho, pero entró por fin en sus cabales y reconoció ante sí mismo su negligente crimen. Fue llevado hacia su celda-habitación y esperó la noche para dormir.
Era de madrugada y el excapitán Trejoz despertó de súbito, bañado en sudor.
— ¿Eres tú, Bigotes?
—No. Soy Vigoya mi capi.—retumbó un maullido.
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