lunes, 4 de marzo de 2013

El encuentro




Un incandescente sol cobija las colinas del parque principal, y en su extensión, allí cerca al lago, donde se reúnen los patos y gansos a degustar las moronas que arroja la entretenida muchedumbre, se preparan al encuentro Nicole y Federico. Ya desde lo lejos se avistan. Ella cuidadosamente acaricia su pelo, se embellece aún más. Tal vez sin la intención de hacerlo; él arroja una colilla de cigarro, exhala rápidamente y frota sus manos contra el pantalón para disimular el olor. Con cada paso que dan, cada uno piensa en lo que va a decir. La forma de abordarse el uno al otro: “¿le doy la mano? ¿Le beso la mejilla? ¿En la boca?”—piensa él. “¿me dará la mano? ¿Me besará en la mejilla? ¡¿En la boca?!—se imagina ella.



Después de varios segundos que se hicieron inusualmente largos, por fin están frente a frente. No hay estrechón de manos ni besos de cualquier índole. Tan sólo un caluroso abrazo y un titubeante “hola” satisface medianamente al joven y deja meditabunda a la chica. Enseguida, se dirigen hacia el horizonte,  donde el sol los guía gustoso hacia el lago y les guiña su brillante ojo, indicándole a la nerviosa pareja donde situarse. Mientras caminan, se da lugar a un leve rose de meñiques que sirve de excusa para tomarse de las manos, ligeramente humectadas por  el expectante sudor. Ya un poco cansados deciden tomar asiento en una vieja y pequeña banca, que a simple vista parece dar cabida exacta a dos personas del tamaño de la pareja. Él caballeroso, le ofrece sentarse primero. Ella para quitarle tensión al encuentro y muy gentil, le da la oportunidad de sentarse primero haciendo una pequeña venia. Federico por primera vez durante esta reunión, suelta una risa fuerte y liberadora de tensión atrayendo la atención de un cúmulo de personas a cincuenta metros a la redonda y espantando a los concentrados animalitos que disfrutan de su merienda vespertina.

 Haciendo caso al gesto amable de la señorita, toma asiento. Pero al apoyarse sobre las roídas tablas de la banca, ésta cruje sordamente y se desploma. Sin dudas esto causó la incontenible risotada de la joven, y él, un poco molesto por el ridículo, pero más aún contento de verla reír y sentirse a gusto, empezó a reír con ella.

Ya habiéndose puesto en pie y ayudado por su acompañante, limpian a palmaditas la tierra y las migajas que quedaron prendidas en el pantalón. La tarea está terminada y continúan en la búsqueda de un sitio agradable y propicio para continuar con tan esperado encuentro. Pero después de ir de un lado para otro, de ver pasar los carritos con confites para los niños, de detenerse a tantear el terreno y dar vueltas a su alrededor, cual gato dispuesto a tomar una siesta, parecen darse por vencidos y deciden postrarse en una suerte de colchón formado por el pasto que han dejado sin cortar los encargados de la ornamentación del parque.

Federico devolviendo el gesto galante anterior de Nicole, se despoja de su chaqueta y la tiende a forma de sábana en el ya suave pasto, la invita a quitarse los zapatos y sin esperar respuesta por parte de ella, se quita los suyos. Sin percatarse, se han ubicado justo al frente de un llamativo conjunto de árboles y matorrales, cada uno con su respectiva flor; algunas siendo sólo botones. Otras en plena muestra de toda su esplendor y otras marchitas, que en conjunto recuerdan vívidamente las etapas de la vida de cualquier y casi todo ser viviente.
Esta semejanza no era ajena al pensamiento de los dos y pronto daría pie para una conversación larga y agradable, en la cual cada uno esgrimiría teorías e hipótesis que servirían para respaldar los similares pero diferentes puntos de vista que tenían.
La discusión se entrometía en temas biológicos y filosóficos por parte de la sapiente chica; mientras que “Fede” como le empezó a decir Nicole a medida que se tomaban más confianza, hacía gala de razonamientos políticos y más encaminados a la razón de ser de las plantas en función de la sociedad y del hombre. Ideas van, ideas vienen. De su bolso, ella saca una botella de vino, no muy cara, no muy barata. Precisaba tenerla “por si la cita y el momento lo ameritan” y además ¿cuándo un refrescante vino no hace más confortable una conversación?

Se hace tarde y el sol se oculta lentamente tras los cerros. Los animales empiezan a llegar a sus hogares. Vienen cansados del laburo diario. Los pájaros llegan cantando fuertemente; tal vez avisando a su familia que están cansados, que por hoy ha terminado su labor o también advirtiendo a sus pequeños que por favor se contenten con la comida que han traído; Que si no les basta, piensen que es lo mejor que han podido conseguir en un hábitat cada vez más competitivo, donde los benditos patos se quedan con todo de una forma tan sencilla que dan ganas de llorar.

Los patos con su caminar gracioso y con dejos petulantes, indiferentes ante el cansancio de sus compañeras aves, marchan hacia sus nidos con las barrigas a tope. Las ardillas, ansiosas y frenéticas acuden a sus madrigueras cuidadosamente elaboradas para resistir las inclemencias del clima tan cambiante. Contraria a esta rutina, el búho, las lechuzas y uno que otro murciélago que se adaptó a la vida del parque, siempre tan limitada y rebuscada, salen a probar suerte; quizás en las periferias de su hogar encuentren los tan preciados alimentos para subsistir.

De la botella solo queda un cuarto; pero sí que la han disfrutado. El leve alicoramiento proporciona una mejor vista de los brotes de estrellas que se divisan ya en el contaminado cielo. El dúo ha adoptado una posición más cómoda y él descansa en el pecho de la mujer. Previamente le ha ofrecido su chaqueta retirándola del suelo. Pero ella prefiere el bien mutuo y le dice que la deje donde está. Más bien que trate de arroparla con sus brazos. Él lo hace y la recibe ahora sobre su pecho en gesto protector, como devolviéndole la atención anterior.

La luna en cuarto menguante, media llena para él y medio vacía para ella, hace ahora notable presencia. Algunas hojas, de esas que al caer planean en movimientos de espiral hasta dar contra lo que las resista, caen en sus rostros acariciándolos, mimándolos e insistiéndoles en nunca irse de allí. Por instantes ella cierra sus ojos, imagina una silueta que remplaza el toque de las hojas por manos y el sonido que producen, por barullos angelicales. Él, la observa y quisiera ser esas hojas. Tocar delicadamente donde le plazca. Nicole entreabre los ojos y lo ve mirándola fijo. Él voltea la mirada. No se lo esperaba. Ambos sonríen. Ella con los ojos ahora completamente cerrados y él contemplando el despejado cielo.

 Una flor púrpura se filtra entre la multitud de hojas acanaladas, y Federico ve cómo pareciera ser la líder de un desfile floral. El viento sopla prestándose para que se abra un camino y pase la más bella, la que resalta entre todas. Moviéndose elegante y al compás del chirrido de las chicharras, baila mientras desciende. Gira hacia la izquierda, luego derecha, después se deja vencer por la gravedad y aterriza sobre el rostro de Nicole. Ella comprendiendo que lo que reposa sobre su boca es producto de un árbol caprichoso que la eligió como receptora de su creación, mueve las comisuras de su boca hacia lado y lado hasta que logra tirarla al suelo, acabando así con el cosquilleo que la planta le producía. El muchacho, que apenas hubo ella cerrado los ojos, dirige de nuevo la mirada fija que había estado dándole, toma la flor y con mucho cuidado y sin soltarla la posiciona de nuevo en la boca de la joven. La mueve suavemente tratando de emular la acción natural. Nicole demora en percatarse de esto y cuando abre sus ojos, esta vez el hombre prefiere sostener la mirada mientras hace el rito floral sobre los femeninos labios. Ella acerca su rostro al de Federico.  Le sostiene la mirada. Respira fuertemente exhalándole en los labios. Aquí solo basta ver quién cede primero; quién se deja vencer por el deseo producido por la proximidad física.

Pasan varios segundos. Segundos eternos. De esos que se quieren disfrutar al máximo pero que si se cortan de tajo, se sabe que conllevan a un bienestar mayor. Él toma la decisión. La besa. Se contiene por no arrancarle la boca a mordiscos. Por no desgarrarle la ropa y tirarla donde quiera que caiga. Claro que a Nicole poco o nada parecía importarle esto. Inclina su cabeza hacia atrás invitándolo a besarle el cuello, a jugar con sus sentidos, a estremecerla. El hace lo propio y la toma fuerte de la espalda. La apretuja hacia sí y poniéndose en pie ayudado de un árbol contiguo, la alza.

Mientras continúan él camina lentamente hacia la espesura del bosquecillo central. Con los pies, y sin dejar de prestarle la atención debida a la mujer, arrastra la chaqueta por el piso hacia su nuevo destino. Sintiéndose protegido por el follaje se detiene. De nuevo con los pies acomoda la improvisada sábana justo debajo de Nicole. Con rapidez pero con cuidado la baja y la acomoda encima de la prenda. Se quita de golpe la camisa y hace lo mismo con la de su acompañante. Ahora el sudor no es solo en las palmas. El almizcle de ambos cuerpos frotándose y contoneándose los excita más. Las demás prendas van cayendo con el doble de rapidez que la anterior y ahora por fin pueden estar piel con piel. La toma y a forma de danza, allí tumbados, la voltea de espaldas hacia él. Le entrelaza una pierna y descendiendo con las manos va explorando su atractivo cuerpo. Le toca la boca. Acaricia la parte superior de sus senos y dibuja círculos sobre ellos. Pasa su palma lenta y fuertemente en su división para llegar al vientre bajo. Se detiene encima de este, sonríe y sigue acariciando esa zona, como vengándose de la provocación anterior. Ella que no quería entrar ya en ese juego, le toma con fuerza la mano y la pone más abajo, y como instruyéndole, mueve la mano del hombre como un apéndice de la suya hasta hacerlo comprender el movimiento adecuado y de su preferencia.

Los árboles, testigos mudos del suceso, danzan entre sí apaciguando el ambiente con el rozar constante de sus hojas, y el crujir de la madera arbórea pareciera ser la respuesta análoga a los gemidos emitidos por Nicole. Las gotas de rocío que se acumulan en las plantas, empiezan a bañar lentamente a la pareja; parecen entender que es una tarea agotadora. Que se necesita un refresco durante la agobiante faena.

Revitalizados por la ayuda natural, continúan a un ritmo mayor. Ya ni los sonidos nocturnos, ni de ninguna planta pueden disimular el grado de placer al que han llegado los dos. Alzan sus voces. En momentos parecen gritar. Incluso hay risas que, transportadas a otra situación, provocarían pánico. El movimiento se hace continuo. Incesante. Frenético. Bestial. Con sus últimas fuerzas Nicole hace su último movimiento pélvico. El determinante. Se separa enseguida de Federico y extiende sus brazos sobre el suelo. Él hace lo mismo. Observan el hermoso cielo mientras les vuelve el alma al cuerpo. Se visten con calma, se toman de la mano y retoman el camino por el que llegaron.
--Hoy estuviste como una diosa. ¡Me encantó el detalle del vino!
--Me gustó la improvisación con la chaqueta. ¡Y como la moviste con los pies!
--La próxima quiero que sea en un museo.
--Ya veremos mi amor. Ya veremos.



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