Un incandescente sol cobija las colinas del parque principal, y en su
extensión, allí cerca al lago, donde se reúnen los patos y gansos a degustar
las moronas que arroja la entretenida muchedumbre, se preparan al encuentro
Nicole y Federico. Ya desde lo lejos se avistan. Ella cuidadosamente acaricia
su pelo, se embellece aún más. Tal vez sin la intención de hacerlo; él arroja
una colilla de cigarro, exhala rápidamente y frota sus manos contra el pantalón
para disimular el olor. Con cada paso que dan, cada uno piensa en lo que va a
decir. La forma de abordarse el uno al otro: “¿le doy la mano? ¿Le beso la
mejilla? ¿En la boca?”—piensa él. “¿me dará la mano? ¿Me besará en la mejilla?
¡¿En la boca?!—se imagina ella.
Después de varios segundos que se hicieron inusualmente largos, por fin
están frente a frente. No hay estrechón de manos ni besos de cualquier índole.
Tan sólo un caluroso abrazo y un titubeante “hola” satisface medianamente al
joven y deja meditabunda a la chica. Enseguida, se dirigen hacia el horizonte,
donde el sol los guía gustoso hacia el lago y les guiña su brillante ojo,
indicándole a la nerviosa pareja donde situarse. Mientras caminan, se da lugar
a un leve rose de meñiques que sirve de excusa para tomarse de las manos,
ligeramente humectadas por el expectante sudor. Ya un poco cansados
deciden tomar asiento en una vieja y pequeña banca, que a simple vista parece
dar cabida exacta a dos personas del tamaño de la pareja. Él caballeroso, le
ofrece sentarse primero. Ella para quitarle tensión al encuentro y muy gentil,
le da la oportunidad de sentarse primero haciendo una pequeña venia. Federico
por primera vez durante esta reunión, suelta una risa fuerte y liberadora de
tensión atrayendo la atención de un cúmulo de personas a cincuenta metros a la
redonda y espantando a los concentrados animalitos que disfrutan de su merienda
vespertina.
Haciendo caso al gesto amable de la señorita, toma asiento. Pero
al apoyarse sobre las roídas tablas de la banca, ésta cruje sordamente y se
desploma. Sin dudas esto causó la incontenible risotada de la joven, y él, un
poco molesto por el ridículo, pero más aún contento de verla reír y sentirse a
gusto, empezó a reír con ella.
Ya habiéndose puesto en pie y ayudado por su acompañante, limpian a
palmaditas la tierra y las migajas que quedaron prendidas en el pantalón. La
tarea está terminada y continúan en la búsqueda de un sitio agradable y propicio
para continuar con tan esperado encuentro. Pero después de ir de un lado para
otro, de ver pasar los carritos con confites para los niños, de detenerse a
tantear el terreno y dar vueltas a su alrededor, cual gato dispuesto a tomar
una siesta, parecen darse por vencidos y deciden postrarse en una suerte de
colchón formado por el pasto que han dejado sin cortar los encargados de la
ornamentación del parque.
Federico devolviendo el gesto galante anterior de Nicole, se despoja de
su chaqueta y la tiende a forma de sábana en el ya suave pasto, la invita a
quitarse los zapatos y sin esperar respuesta por parte de ella, se quita los
suyos. Sin percatarse, se han ubicado justo al frente de un llamativo conjunto
de árboles y matorrales, cada uno con su respectiva flor; algunas siendo sólo
botones. Otras en plena muestra de toda su esplendor y otras marchitas, que en
conjunto recuerdan vívidamente las etapas de la vida de cualquier y casi todo
ser viviente.
Esta semejanza no era ajena al pensamiento de los dos y pronto daría pie
para una conversación larga y agradable, en la cual cada uno esgrimiría teorías
e hipótesis que servirían para respaldar los similares pero diferentes puntos
de vista que tenían.
La discusión se entrometía en temas biológicos y filosóficos por parte
de la sapiente chica; mientras que “Fede” como le empezó a decir Nicole a
medida que se tomaban más confianza, hacía gala de razonamientos políticos y
más encaminados a la razón de ser de las plantas en función de la sociedad y
del hombre. Ideas van, ideas vienen. De su bolso, ella saca una botella de
vino, no muy cara, no muy barata. Precisaba tenerla “por si la cita y el
momento lo ameritan” y además ¿cuándo un refrescante vino no hace más
confortable una conversación?
Se hace tarde y el sol se oculta lentamente tras los cerros. Los
animales empiezan a llegar a sus hogares. Vienen cansados del laburo diario.
Los pájaros llegan cantando fuertemente; tal vez avisando a su familia que
están cansados, que por hoy ha terminado su labor o también advirtiendo a sus
pequeños que por favor se contenten con la comida que han traído; Que si no les
basta, piensen que es lo mejor que han podido conseguir en un hábitat cada vez
más competitivo, donde los benditos patos se quedan con todo de una forma tan sencilla
que dan ganas de llorar.
Los patos con su caminar gracioso y con dejos petulantes, indiferentes
ante el cansancio de sus compañeras aves, marchan hacia sus nidos con las
barrigas a tope. Las ardillas, ansiosas y frenéticas acuden a sus madrigueras cuidadosamente
elaboradas para resistir las inclemencias del clima tan cambiante. Contraria a
esta rutina, el búho, las lechuzas y uno que otro murciélago que se adaptó a la
vida del parque, siempre tan limitada y rebuscada, salen a probar suerte;
quizás en las periferias de su hogar encuentren los tan preciados alimentos
para subsistir.
De la botella solo queda un cuarto; pero sí que la han disfrutado. El
leve alicoramiento proporciona una mejor vista de los brotes de estrellas que
se divisan ya en el contaminado cielo. El dúo ha adoptado una posición más
cómoda y él descansa en el pecho de la mujer. Previamente le ha ofrecido su
chaqueta retirándola del suelo. Pero ella prefiere el bien mutuo y le dice que
la deje donde está. Más bien que trate de arroparla con sus brazos. Él lo hace
y la recibe ahora sobre su pecho en gesto protector, como devolviéndole la
atención anterior.
La luna en cuarto menguante, media llena para él y medio vacía para
ella, hace ahora notable presencia. Algunas hojas, de esas que al caer planean
en movimientos de espiral hasta dar contra lo que las resista, caen en sus
rostros acariciándolos, mimándolos e insistiéndoles en nunca irse de allí. Por
instantes ella cierra sus ojos, imagina una silueta que remplaza el toque de
las hojas por manos y el sonido que producen, por barullos angelicales. Él, la
observa y quisiera ser esas hojas. Tocar delicadamente donde le plazca. Nicole
entreabre los ojos y lo ve mirándola fijo. Él voltea la mirada. No se lo
esperaba. Ambos sonríen. Ella con los ojos ahora completamente cerrados y él
contemplando el despejado cielo.
Una flor púrpura se filtra entre la multitud de hojas acanaladas,
y Federico ve cómo pareciera ser la líder de un desfile floral. El viento sopla
prestándose para que se abra un camino y pase la más bella, la que resalta
entre todas. Moviéndose elegante y al compás del chirrido de las chicharras,
baila mientras desciende. Gira hacia la izquierda, luego derecha, después se
deja vencer por la gravedad y aterriza sobre el rostro de Nicole. Ella
comprendiendo que lo que reposa sobre su boca es producto de un árbol
caprichoso que la eligió como receptora de su creación, mueve las comisuras de
su boca hacia lado y lado hasta que logra tirarla al suelo, acabando así con el
cosquilleo que la planta le producía. El muchacho, que apenas hubo ella cerrado
los ojos, dirige de nuevo la mirada fija que había estado dándole, toma la flor
y con mucho cuidado y sin soltarla la posiciona de nuevo en la boca de la
joven. La mueve suavemente tratando de emular la acción natural. Nicole demora
en percatarse de esto y cuando abre sus ojos, esta vez el hombre prefiere
sostener la mirada mientras hace el rito floral sobre los femeninos labios.
Ella acerca su rostro al de Federico. Le sostiene la mirada. Respira
fuertemente exhalándole en los labios. Aquí solo basta ver quién cede primero;
quién se deja vencer por el deseo producido por la proximidad física.
Pasan varios segundos. Segundos eternos. De esos que se quieren
disfrutar al máximo pero que si se cortan de tajo, se sabe que conllevan a un
bienestar mayor. Él toma la decisión. La besa. Se contiene por no arrancarle la
boca a mordiscos. Por no desgarrarle la ropa y tirarla donde quiera que caiga.
Claro que a Nicole poco o nada parecía importarle esto. Inclina su cabeza hacia
atrás invitándolo a besarle el cuello, a jugar con sus sentidos, a
estremecerla. El hace lo propio y la toma fuerte de la espalda. La apretuja
hacia sí y poniéndose en pie ayudado de un árbol contiguo, la alza.
Mientras continúan él camina lentamente hacia la espesura del
bosquecillo central. Con los pies, y sin dejar de prestarle la atención debida
a la mujer, arrastra la chaqueta por el piso hacia su nuevo destino.
Sintiéndose protegido por el follaje se detiene. De nuevo con los pies acomoda
la improvisada sábana justo debajo de Nicole. Con rapidez pero con cuidado la
baja y la acomoda encima de la prenda. Se quita de golpe la camisa y hace lo
mismo con la de su acompañante. Ahora el sudor no es solo en las palmas. El
almizcle de ambos cuerpos frotándose y contoneándose los excita más. Las demás
prendas van cayendo con el doble de rapidez que la anterior y ahora por fin
pueden estar piel con piel. La toma y a forma de danza, allí tumbados, la
voltea de espaldas hacia él. Le entrelaza una pierna y descendiendo con las
manos va explorando su atractivo cuerpo. Le toca la boca. Acaricia la parte
superior de sus senos y dibuja círculos sobre ellos. Pasa su palma lenta y
fuertemente en su división para llegar al vientre bajo. Se detiene encima de
este, sonríe y sigue acariciando esa zona, como vengándose de la provocación
anterior. Ella que no quería entrar ya en ese juego, le toma con fuerza la mano
y la pone más abajo, y como instruyéndole, mueve la mano del hombre como un
apéndice de la suya hasta hacerlo comprender el movimiento adecuado y de su
preferencia.
Los árboles, testigos mudos del suceso, danzan entre sí apaciguando el
ambiente con el rozar constante de sus hojas, y el crujir de la madera arbórea
pareciera ser la respuesta análoga a los gemidos emitidos por Nicole. Las gotas
de rocío que se acumulan en las plantas, empiezan a bañar lentamente a la
pareja; parecen entender que es una tarea agotadora. Que se necesita un
refresco durante la agobiante faena.
Revitalizados por la ayuda natural, continúan a un ritmo mayor. Ya ni
los sonidos nocturnos, ni de ninguna planta pueden disimular el grado de placer
al que han llegado los dos. Alzan sus voces. En momentos parecen gritar.
Incluso hay risas que, transportadas a otra situación, provocarían pánico. El
movimiento se hace continuo. Incesante. Frenético. Bestial. Con sus últimas
fuerzas Nicole hace su último movimiento pélvico. El determinante. Se separa
enseguida de Federico y extiende sus brazos sobre el suelo. Él hace lo mismo.
Observan el hermoso cielo mientras les vuelve el alma al cuerpo. Se visten con
calma, se toman de la mano y retoman el camino por el que llegaron.
--Hoy estuviste como una diosa. ¡Me encantó el detalle del vino!
--Me gustó la improvisación con la chaqueta. ¡Y como la moviste con los pies!
--La próxima quiero que sea en un museo.
--Ya veremos mi amor. Ya veremos.
--Me gustó la improvisación con la chaqueta. ¡Y como la moviste con los pies!
--La próxima quiero que sea en un museo.
--Ya veremos mi amor. Ya veremos.
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