sábado, 16 de febrero de 2013

Miércoles de peniza







En la alejada vereda de san Nicolás, en el departamento de las Cúspides vivían no más de 200 personas que fervorosamente asistían a los oficios religiosos que impartía el sacerdote Tomás. Tomás era un viejito amable y bonachón al cual toda la vereda quería mucho por haber sido el párroco oficial del territorio por más de treinta años.

Las celebraciones religiosas eran las más concurridas en la vereda y todo el mundo, fuese quien fuese y estuviera haciendo lo que estuviera haciendo, lo prorrogaba para asistir a tan importantes actos. Pero un día trascendental se acercaba y el padre Tomás iba a ser el protagonista.


Se daba inicio con el miércoles de ceniza a la cuaresma y una gran misa se avecinaba para celebrar este importante ritual católico. Todos, en su momento, hacían largas filas para dejar trazar sobre su frente la cruz, símbolo del cristianismo; entre ellas Ofelia, una epiléptica de treinta y ocho años, quien esperaba por trigesimooctava vez y como cada año, que su fe le diera el alivio que los medicamentos no le habían podido dar. Paso a paso iba incrementándose la emoción que le proporcionaba desfilar por el corredor de la improvisada iglesia, sentir el golpetear de las gotas de lluvia en el tejado de zinc y palpar las robustas columnas de guadua que sostenían la estructura entera. Al fin había llegado. Se encontraba frente a frente con el padre Tomás, quien con sus manos temblorosas por la llegada del parkinson, empezó a trazarle la figura en la frente. La mujer estaba esperanzada en su sanación, tanto, que dejó de tomar sus medicamentos semanas atrás y pretendía que el miércoles de ceniza fuese el cierre de un largo periodo de enfermedad. Pero lo que debía pasar pasó: justo cuando el sacerdote le estaba dibujando la cruz a la mujer, ésta empezó a convulsionar, dejando en su frente un trazo muy diferente a una cruz; más bien una figura fálica enorme. La multitud más que para ayudar, se aglutinaba para cerciorarse de lo que estaba ocurriendo junto al altar. Por supuesto no se hicieron esperar los gritos de ''milagro'', ''endemoniada'' o ''exorcismo'' mientras la señora seguía convulsionando con el pene dibujado en su frente. La conmoción pasó y las convulsiones cesaron; todo el mundo estaba perplejo por lo que acababa de suceder y vociferaban tocándose la frente y señalando a la señora. Ofelia se levantó y unos cuantos la ayudaron a sentarse en un taburete. Dijo haber tenido la sensación de haber visitado otro mundo y que allí le habían dicho que estaba curada.

Ofelia dejó de tomar su medicina y las convulsiones se redujeron en un cien por ciento; al padre lo querían canonizar pero la evidencia sugirió que durante el tiempo que Ofelia tomó su medicina, esta obró para su total recuperación. Sin embargo, al padre Tomás aun después de muerto se le recuerda y en la vereda de san Nicolás se inició la construcción de un busto en su honor.

Desde ese día se estableció el ''miércoles de peniza'' como día honorario y todos los habitantes de san Nicolás llevan en ese día, un pene pintado en sus frentes.

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