Ezequiel se encontraba como de costumbre esperando el bus que lo conduciría a su casa. Después de haber salido de la universidad y por ser Viernes, había ido a un bar cercano al lugar de estudios a tomarse algo con sus compañeros y a celebrar el fin de la ajetreada semana. Se había tomado unas cuantas cervezas y estaba levemente alicorado pero era capaz de llegar solo a su destino.
En la ciudad se había instaurado un toque de queda debido
a la cruzada contra las drogas que realizaba el departamento de policía; toda
persona encontrada fuera de las horas establecidas era llevada a detención
preventiva y liberada hasta el otro día. Las calles se tornaban solas a horas
muy tempranas y ese día, el bus que tomaba el joven cuya frecuencia era de
quince minutos, se había prolongado hasta cuarenta. Los minutos corrían y el
bus nada que aparecía, por lo que el joven decidió tomar un taxi. Extendió su
brazo y el conductor lo avistó pero antes de que se pusiera a su lado, una van
se le adelantó, abrió la puerta corrediza y dejándolo sin reacción, varios brazos
lo halaron hacia el interior, lo acomodaron en una especie de sofá que habían
adaptado al vehículo y escuchó la voz de una mujer que le dijo: “Hola cariño,
hoy te vamos a enloquecer”
A pesar de su asombro y pese a que todos usaban
pasamontañas, la voz dulce de la mujer lo hacía sentir menos incómodo ante la
situación. A una sutil orden de la mujer los demás ocupantes de la van ataron a
Ezequiel a una pata del sofá por cada extremidad. Posterior a esto lo
amordazaron y le arremangaron las mangas de su camisa. La mujer le hizo un
gesto a uno de los hombres y éste de inmediato le alcanzó un maletín forrado en
terciopelo rosa, lo abrió y de su interior sacó una jeringa, la golpeó un par
de veces con los dedos y se la inyectó en el brazo. “esto es para hacernos las
cosas más fáciles cariño” le dijo acariciándole la cabeza.
En poco tiempo Ezequiel sintió cómo todo su cuerpo se
relajaba y una sensación orgásmica lo recorría; sus ojos trataban de cerrase
mas no tenía sueño. Se sentía embelesado por las luces que se alcanzaban a ver
a través de los vidrios del vehículo; se veía dócil, manejable. La mujer hizo
un gesto al conductor y de inmediato se escuchó en los parlantes del vehículo
una música a muy alto volumen, con sonidos graves y retumbantes. El joven sintió
los dedos de la mujer recorriéndole la cara y posteriormente liberándolo de la
mordaza.
Ella se quitó el pasamontañas, activó un interruptor
situado en el techo de la van y se encendieron unas luces de neón color azul.
La música parecía encantarle y no demoró mucho en empezar a bailar alrededor
del raptado. Tomó de nuevo el maletín rosado y esta vez sacó un frasco pequeño
que contenía varias pastillas, se puso dos en la boca, se acercó al rostro de
Ezequiel, le abrió la boca y se las pasó.
Ezequiel sentía como su mundo daba vueltas, el sonido se
distorsionaba, veía a la mujer increíblemente bella y si no estuviera en ese
estado de pasividad inducido, posiblemente bailaría a su lado. El tiempo
pasaba, mas Ezequiel no hubiese sabido exactamente cuánto; su boca estaba seca
y tenía unos deseos incontenibles de beber algo, deseo que pareció intuir la mujer,
dándole de beber una botella con un líquido que le supo a limón: “Es para que
no te nos vayas a ir, cariño” le dijo sonriéndole al mismo tiempo que le ponía
el pelo sobre la cara.
“¿Te gusta cómo bailo, cariño?” le repetía constantemente
la mujer, moviéndose cada vez más estrepitosamente. “Creo que es hora de
aumentar el voltaje, bombón” le susurró en el oído mientras sacaba del maletín
otra jeringa. Esta vez fue tanto el placer al recibir la inyección, que sintió
perder el poco control que tenía sobre sí mismo, vio cómo poco a poco una
espiral tornasolada lo arrastraba hacia quién sabe dónde; pero él se dejó
llevar, después de todo no era mucho lo que podía hacer.
La luz del amanecer interrumpe el sueño del joven; se
encuentra recostado en su cama y el televisor está encendido. Se escucha un
comercial de la policía: “tenga cuidado, secuestradores están haciendo de las
suyas, raptan a personas, las drogan y las vuelven adictas de por vida; si
tiene alguna información comuníquese a los números de emergencia de su policía
nacional”. De inmediato Ezequiel revisó sus pertenencias y sacó su teléfono para
informar a las autoridades, pero no pudo; solo podía pensar en un número y
prosiguió a marcarlo.
— Aló. —
Saludó temeroso.
— Veo que despertaste temprano. ¿listo para otro viaje, cariño?
— Veo que despertaste temprano. ¿listo para otro viaje, cariño?
No hay comentarios:
Comenta