viernes, 4 de marzo de 2016

EL HOMBRE QUE SOÑÓ VOLAR


Esto fue algo que me pasó a mí y lo quisiera compartir con ustedes. Suele sucederme que no recuerdo mis sueños o si los recuerdo sólo es un instante mientras estoy recién despierto. Pero no, oh no, ésta vez no.

Recuerdo que me encontraba en Piedecuesta, un municipio de Santander cercano a Bucaramanga, Colombia. Mi mamá me despedía para poder emprender el viaje hacia mi colegio y mi abuelita cerraba la puerta-reja que desde hace muchos años había estado allí, pero no desde siempre. De repente, me encuentro dando tumbos en un cuarto que en esa época no habitaba pero ahora sí y, en él, elegía un buzo que jamás recordaba o, tal vez lo había tenido pero no en color rojo como en el sueño sino azul. Era un buzo con un estampado de alguna marca de la época actual en la que me encuentro. Elegía con afán qué zapatos ponerme y encontré unos tennis que no recuerdo haber tenido pero que eran similares a unos converse que había tenido en algún momento hace unos cuantos años. Lo susodichos fueron puestos en el pie derecho primero, pero recuerdo que tenían una forma de serpentina cuando, al sentir incomodidad me quité inmediatamente el primero (sin alcanzar a ponerme el segundo). Tenían una forma de serpentina y en mi sueño intuí que me lo había puesto al revés. El mismo proceso y descripción de los tennis sucedió con el otro conformante del par. Recuerdo que ahora me vestía con afán para ir a la universidad. De los tennis pasé a probarme unas botas con cierres de velcro laterales que no recuerdo haber tenido nunca en mi vida y, finalmente, terminé poniéndome unos tennis naranjas que ahora poseo.

Ahora me encuentro con mi mamá. Ella parece tener la misma edad de cuando estábamos en Piedecuesta y el mismo atuendo cuando junto con mi abuelita y su “te quiero”, devuelto con amor por mi parte me despedían, como lo describí anteriormente; pero lo extraño es que ya me veía como ahora lo hago y otra vez iba para el colegio. Mi mamá me entregaba unas monedas para las onces. Ahora estábamos ubicados al costado occidental de la autopista de Bogotá, justo en el puente vehicular de la 153 en su parte sur. Sin notarlo, o notándolo pero sin sufrir ninguna alteración, volví a un andén que a veces solía caminar cuando el bus en el que me transportaba en Piedecuesta hacia Floridablanca se demoraba por el trancón y era más efectivo caminar hasta la puerta del colegio, superando de ésta manera la velocidad del bus del cuál había descendido. Cuando estuve en la puerta del colegio no recuerdo muy bien si entré o no, pero lo que sí recuerdo es con quién me encontré: Ahora ya estaba en una calle por la cual descendíamos junto con Richard Ardila y su atuendo, sin camiseta él y con tres pares de gafas oscuras: dos sobre su cabeza y una como se deben usar correctamente las gafas. También estaban Gustavo Quin, Efrén Oswaldo Perez, Elkin León y Orlando, último del cual no recuerdo su apellido y que no pertenecía a mis antiguos compañeros del colegio sino a una universidad a la que pertenecí y en la que sólo duré cursando un semestre y que se ubicaba en Bogotá, no en Floridablanca, Santander donde se ubicaba el colegio.

Al descender y no me explico por qué (ya saben, era un sueño) aparecieron animales muy extraños pero muy similares parecidos a cocodrilos de río: grandes, imponentes y escamosos. Richard los pisaba y, a pesar de nunca haber pisado a un cocodrilo yo también lo hice y sentí, en su tren superior, cómo parecíamos sacarle el aire que tenían, por alguna razón, como los sapos, acumulado en dicha parte de su primitivo cuerpo. Ahí fue cuando se presentó Merceditas, la profesora de sociales del colegio Agustiniano de Floridablanca y reprendió a Richard por haberle hecho daño al animal que huía y que de su cola hacía emanar unos hilillos rojos y azules y que la profesora Mercedes comparó con unos en blanco y negro que empezaron a salir de la cabeza de Richard. Como haciéndole entender a su vez, que él no era más que un animal o un animal por hacerle eso a los otros seres vivos.

Descendiendo otra vez la misma calle empinada y por no sé qué puta razón, Gustavo (creo) me lanzó una pepa de mango a medio terminar. Sopló un viento muy fuerte y, no sé si por cómo salté para atraparlo sin saber con qué intención, que empecé a dejarme llevar por el viento y la pepa de mango parecía un timonel con el cuál parecía controlar mi dirección en los aires. Al principio volé bajo y se notaba que estaba aprendiendo a dominar el arte de las aves y lo que emulamos los seres humanos para transportarnos de un sitio lejano a otro, pero después de unos instantes el viento corría a mi favor y empecé a tomar un vuelo más alto, más controlado.


De súbito aparecimos los ya nombrados y un montón de gente que parecía estar en un spring break de esos que hacen los gringos. Por mi nueva capacidad y continuando con la pepa de mango como timonel yo les cogí ventaja, pero me encontré con una calle sin salida y a sus costados dos cosas: casas al uno y un edificio de vidrios reflexivos muy similar al del puente vehicular de tres niveles de la 93 con autopista en Bogotá. Y yo seguía volando. El viento soplaba cada vez más fuerte y empezamos un juego con los festejantes del spring break en la calle. Consistía en lanzar de lado a lado, de bando a bando una pelota de hule inflada con aire pero que era gigante. La lanzábamos y yo hacía piruetas para comprobar mi experticia en el arte de volar y para impresionar a mis espectadores a lo lejos. Pero fue en la última empujada que le di a la pelota grisácea plata, que una chica en bikini y montada en los hombros de otro fiestero vestido sólo con una pantaloneta, la tomó y la pelota se volvió sin yo notarlo en el tamaño de un balón de basketball e hizo algo que me hizo quedar mal ante mi acalorado público: la tomó e hizo una cesta de tres puntos (o eso intuía desde lo lejos por donde se encontraba la chica a la distancia de la canasta) en una canasta que no sé de dónde demonios salió. Me sobresalté y volé hacia ellos y me ubique cual colibrí levitando al lado de una flor, al lado de la chica. Le dije hola y me contestó “hi”, le dije how are you doing? Intuyendo que era gringa y no me respondió nada. Al instante, y ustedes me van a tomar como un violador, pero le empecé a tocar un seno; los hombres me animaban gritando eufóricos y con ese ánimo le toqué el otro. Ella sonreía. Me animé y empecé a bajar hacia su sexo y… me desperté. Tenía una erección. Me fumé un cigarro y empecé a escribir esto.

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